¿De verdad hacen esto siempre, o tengo cara de alguien conocido? Porque ayer todavía estaba en Ulán Bator dando declaración a la policía por un accidente que vi desde la acera, sin haber pedido ser testigo de nada, y hoy resulta que en Hohhot me confunden con no sé quién. Dos situaciones completamente distintas, y en las dos acabo siendo el protagonista sin haberlo elegido. Al menos el tema de la declaración quedó resuelto antes de tomar el vuelo: una firma, un papel, y ya está. Sin seguimiento, sin llamadas. Cerrado.

Llegué a Hohhot con la tarde ya inclinándose y lo primero que encontré fue una cola absurda para recoger el equipaje, luego otra para cambiar dinero porque el primer puesto tenía el sistema caído, y para cuando salí a la calle ya llevaba más de una hora perdida sin haber hecho nada todavía. Quince yuanes de más en la gestión del cambio por no tener paciencia de esperar al segundo mostrador que abrió veinte minutos después del primero. No es una tragedia, pero tampoco es un buen comienzo. Me quedé mirando el billete que me devolvieron de menos como si fuera culpa del papel y no mía.

El hotel está cerca del distrito antiguo, lo cual sonaba bien en teoría y en la práctica significa que hay que cruzar tres calles donde los scooters circulan en sentido contrario al tráfico con una convicción que da respeto. En una esquina vi un letrero con caracteres mongoles encima y chinos debajo, y me detuve porque me pareció raro no saber cuál de los dos nombres era el real del negocio, si es que esa pregunta tiene algún sentido aquí. La tienda vendía lámparas. No entré.

Lo del bar pasó después, ya de noche, cuando entré a buscar algo de comer sin muchas pretensiones. El camarero me saludó con una familiaridad que no correspondía, me habló en chino con una cadencia que sonaba a «ya sé quién eres» y me trajo algo que no había pedido pero que resultó ser bastante bueno: una especie de caldo con trozos de cordero que olía a comino y a algo más que no identifiqué. Me quedé callado un momento, intentando entender si me estaba confundiendo con alguien o si era simplemente su manera de tratar a los clientes, y entonces otro hombre en la barra me señaló, dijo algo, y el camarero se rio. Seguí la corriente porque tampoco tenía otra opción inteligente. Asentí. Bebí el caldo. Nadie me explicó nada y yo no pregunté.

Lo que sí hice fue salir antes de que la situación necesitara más actuación de mi parte, y caminar hasta el callejón que bordea el templo de Dazhao, que de noche tiene una luz bastante honesta, sin focos de colores ni música ambiental, solo unas farolas naranjas y la pared de azulejos azules y blancos que hay en la entrada lateral. Me quedé delante de esa pared más tiempo del razonable. Los azulejos tienen grietas por donde ha entrado humedad y el óxido ha dibujado líneas marrones que van de un azulejo al siguiente como si el desgaste tuviera un plan. En Gouda había una pared parecida detrás del ayuntamiento, de un tono más azul y mejor conservada, pero con esa misma sensación de que el patrón geométrico solo se ve completo cuando te alejas y cuando te acercas ya no hay patrón, solo fragmentos. Me acordé de eso sin haberlo buscado.

Mañana intentaré entender mejor dónde estoy. Esta noche no del todo.

Imprescindible en Hohhot, China

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