«¿Dónde está el dinero que me dejaste?», me pregunté en voz alta, ahí en el mostrador del puesto de fideos de University West Street, con la mano metida en el bolsillo y encontrando solo el forro de tela. El tipo detrás del wok me miró un segundo y siguió removiendo. Bien por él.

No sé si se me cayó antes o después del té. El caso es que faltaba un billete, uno de los más grandes que me quedaban, y yo llevaba toda la mañana sin moverme más de cuatro manzanas del hostal porque hoy había decidido exactamente eso: no ir a ningún sitio con propósito declarado. Elegir la quietud no como descanso sino como postura. Quedarse para ver qué pasa cuando no pasa nada. Lo que no esperaba era que lo que pasara fuera perder dinero sin haber hecho nada que lo justificara.

Pagué el cuenco de fideos con lo que me quedaba suelto, conté las monedas sobre el mostrador como hacen los viejos, y me senté en el único taburete libre junto a la pared del fondo, donde el vapor de cocina lo cubre todo con una capa tibia que huele a anís estrellado y a aceite de sésamo requemado. No es desagradable. Es concreto, que es lo más que se puede pedir a un olor.

Pensé en el bar de ayer, en la confusión con ese tipo al que supuestamente me parezco, un nombre que la gente decía con reverencia y que yo asentí como si reconociera sin reconocer nada. Hoy eso ya no importa. Ayer fue divertido porque no me costó nada. Hoy me cuesta un billete que no sé dónde se fue.

La Wulanfu Statue Plaza quedaba a diez minutos caminando y fui, no porque tuviera ganas sino porque estar sentado con un cuenco vacío empieza a parecer deprimente pasado un rato. La plaza a mediodía en julio es un sitio hostil: el sol pega plano sobre el hormigón y las palomas tienen el mismo aspecto de resignación que cualquiera que esté ahí parado sin motivo claro. Un anciano llevaba una bolsa de plástico verde con algo que sonaba a botella cada vez que daba un paso. No nos miramos. Me senté en un banco hasta que el banco estuvo demasiado caliente.

Volví al rumbo de Da Zhao West Alley porque alguien el otro día mencionó un puesto de té con taburetes de madera pintados de amarillo que aún no había localizado. Lo encontré sin buscarlo, que suele ser la única manera. Pedí el té más barato del pizarrón, que resultó ser un jazmín aguado pero perfectamente aceptable, y me quedé allí con el vaso entre las manos viendo cómo el vapor subía y se disolvía antes de llegar al techo. La taza tenía una mancha de cal en el borde que nadie había limpiado. Me molestó más de lo que debería.

El billete perdido no aparece. He repasado los bolsillos tres veces, incluido el bolsillo interior de la chaqueta donde no guardo nada nunca, y nada. Puede que lo dejara en el mostrador de la tetería anterior sin darme cuenta. Puede que se cayera en la plaza. Puede que alguien lo recogiera y lo gastara en algo más útil que yo. No voy a rastrear un billete por Hohhot con treinta y cinco grados. Hay semanas en que las cosas se pierden con una regularidad que empieza a parecer un sistema, no una casualidad, y esta ha sido exactamente esa clase de semana.

El vapor de la cocina seguía ahí cuando pedí una segunda taza. El señor del mostrador la puso delante sin preguntar.

Imprescindible en Hohhot, China

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