«Aquí no hay menú en inglés», me dijo el hombre de delante, sin girar la cabeza, mientras señalaba una pizarra escrita con rotulador verde sobre una pared de azulejos amarillentos. Lo dijo en un tono que no era de disculpa sino de advertencia, como diciéndome que si quería entender algo era problema mío. Así que señalé lo que tenía el de al lado, que era un cuenco de algo con vapor suficiente para desempañar una ventana, y me senté en uno de esos taburetes de plástico naranja que rechinan si te mueves.
Vine desde Hohhot esta mañana con la idea de caminar por el Zhao Ling, el mausoleo de la dinastía Qing al norte de la ciudad, porque la entrada no cuesta una fortuna y porque después de perder ayer cincuenta dólares de una manera que todavía no termino de entender, quería un día donde el gasto fuera predecible. Cincuenta dólares. En Hohhot. Desaparecidos como si nunca hubieran existido y sin ninguna narrativa satisfactoria que lo explique, lo cual es lo peor de todo: no hay a quién echarle la culpa, no hay una historia que contar. Solo la ausencia en el saldo. Y setenta y cinco que quedan, que suenan a más de lo que son cuando el vuelo de vuelta ya está pagado pero todo lo demás no.
El cuenco llegó con fideos anchos, cerdo deshuesado y un aceite rojo que me tiñó los labios durante el resto de la mañana. El comedor olía a grasa y a algo dulce que no identifiqué, puede que anís estrellado, y las ventanas estaban tan empañadas que la calle de detrás era solo una mancha de luz gris con siluetas que pasaban. Un ventilador de techo giraba despacio, más por inercia que por convicción. Nadie me miró más de dos segundos. Eso lo agradezco.
Fui al Zhao Ling a pie desde el centro porque el taxi me pareció caro y porque el camino por Huangsi Lu me dejó pasar por lo que quedaba del mercado de antigüedades de la mañana, que a esa hora ya estaba medio recogido. Quedan algunos puestos con monedas, insignias, relojes de pulsera soviéticos que no funcionan y fotos enmarcadas de personas que nadie reclamó. No compré nada, claro, aunque estuve diez minutos mirando un reloj Pobeda con la esfera azul eléctrico que probablemente no ha dado la hora correcta desde los años ochenta. Funcionar no funcionaba, pero tenía esa estética de objeto diseñado para durar en un mundo que no duró.
El Zhao Ling es grande en el sentido en que son grandes las cosas diseñadas para impresionar a alguien a quien no le importaba el coste. Avenidas de piedra, animales esculpidos flanqueando el camino central, pinos viejos que han sobrevivido a todo el que fue enterrado aquí. Caminé despacio, no por solemnidad sino porque hacía calor y las sandalias que llevo desde hace semanas tienen la plantilla izquierda despegada por un lado, lo que produce un ruido seco en cada paso que va a terminar volviéndome loco antes de que encuentre dónde comprar unas nuevas sin gastar lo que no tengo. Hay algo vagamente absurdo en caminar por un mausoleo imperial con el calzado haciendo clic en el suelo de losas.
Me muevo culturalmente entre varios sitios y ninguno me explica del todo, y Shenyang no es diferente: tiene esa calidad de ciudad que no está en el circuito de nadie y que por eso funciona según sus propias reglas, con sus propios horarios, con sus propias pizarras en rotulador verde que tú descifras o no. El vuelo de vuelta es esta noche. Los cincuenta dólares siguen sin volver. La plantilla izquierda sigue despegada.
Imprescindible en Shenyang, China
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