Llevo cuatro horas sin moverme de este callejón y sigo sin arrepentirme. Da Zhao Xi Jia Dao tiene esa clase de anchura justa para que pase una bicicleta y nada más, y yo he estado aquí sentado en un escalón de piedra, mirando una puerta que lleva cerrada al menos desde que llegué hace tres días. El pomo de bronce está verdoso en los bordes, la madera astillada alrededor del marco tiene capas de pintura encima de capas de pintura, marrón sobre rojo sobre algo que ya no tiene nombre, y me parece más interesante que casi todo lo que he intentado hacer esta semana.
Parar ha sido una decisión, no un colapso. Que quede claro.
Hace tres días perdí el dinero en el puesto de fideos, lo cual ya apunté y ya no voy a volver a dramatizar: ochenta y tantos yuanes que desaparecieron en una confusión de señas y billetes, y yo sin manera de explicar nada porque el idioma sigue siendo una pared. Llevo más de dos semanas acumulando ese tipo de fricciones, una detrás de otra, con una puntualidad que empieza a parecerme estadísticamente sospechosa. Seis veces. Seis episodios distintos de algo que sale mal, cada uno con su propio sabor, y una tarde me di cuenta de que seguir moviéndome no estaba cambiando el patrón, solo estaba cambiando el escenario. Así que me quedé.
Mi hermano me dijo antes de salir que esto era una locura. La frase vuelve de vez en cuando, sobre todo cuando tengo setenta y cinco dólares en el bolsillo y me pregunto qué estoy haciendo sentado frente a una puerta cerrada en el casco viejo de una ciudad de Mongolia Interior. No es que me dé la razón. Es más como que la frase aparece y yo la miro un momento y la dejo pasar.
El barrio alrededor del templo de Da Zhao tiene un olor a incienso barato que se mezcla con el tufo del aceite de los puestos del borde de la calle, y juntos forman algo que ya reconozco sin pensar, lo cual me parece la señal más honesta de que llevo tiempo en un sitio. Un hombre mayor pasa con una carretilla llena de cartones prensados. No me mira. Un gato anaranjado con la oreja derecha partida se sienta a tres metros y me evalúa durante un minuto entero antes de concluir que no represento ningún interés y marcharse por debajo de la puerta de al lado, que sí está abierta. Por ahí se cuela un sonido de televisión, una voz masculina hablando muy rápido, risas enlatadas.
No he entrado al templo. Hay una razón concreta: la entrada cuesta dinero, no sé cuánto exactamente, y no tengo ganas de hacer el cálculo ahora mismo. Prefiero el callejón. Esto podría sonar a racionalización y quizás lo es, pero también es verdad que el pomo de bronce de esta puerta me ha dado más información sobre el tiempo y el uso y el peso acumulado de muchas manos que cualquier cartel explicativo en un idioma que no entiendo.
La tarde empieza a empujar la luz de lado, esa clase de luz plana de cielo nublado que hace que todo se vea igual de pesado y que no proyecta sombras en ninguna parte. La madera de la puerta se ve más oscura así, más rota. El bronce, más verde.
Me levanto. No porque haya llegado a ninguna conclusión, sino porque el escalón de piedra tiene una arista que lleva un buen rato martirizándome el fémur y ya está bien.
Imprescindible en Hohhot, China
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