El canal tiene como dos metros de ancho y el agua va rápida, más de lo que esperaba para una zanja de riego en pleno casco urbano de Hohhot. Los álamos en la orilla están rectos, plantados con esa simetría que sólo consigue alguien que mide el espacio antes de cavar el hoyo. Hace cuatro días perdí bastante tiempo con un problema de burocracia que todavía no entiendo del todo, y desde entonces he caído en esto de quedarme quieto en los bordes de las cosas, mirando. El canal me parecía neutro. Sin pretensiones.

El grupo llegó por detrás.

Eran quizás quince personas, todas con sombrero, lo cual en julio en esta ciudad es simplemente una decisión racional. El guía hablaba en mandarín con ese ritmo de quien ha dicho la misma frase ciento ochenta veces y ya no la escucha. Me quedé parado en la orilla sin apartarme porque creí que pasarían, y no pasaron: se detuvieron exactamente donde estaba yo, mirando el mismo canal, y el guía señaló algo en la dirección de los campos de cultivo al otro lado. Nadie me preguntó nada. Nadie me miró mal. Me convertí en parte del grupo por pura física.

No me moví. Eso fue la decisión.

El guía explicó algo sobre el sistema de irrigación de la llanura del Tumochuan, que es básicamente la razón por la que Hohhot existe donde existe y no cincuenta kilómetros más al norte. No entendí el noventa por ciento, pero pillé suficiente para entender que ese canal no es nuevo, que hay una historia de canales aquí que tiene siglos y que los Qing tuvieron algo que ver con cómo se distribuye el agua hacia las parcelas que se ven al fondo. O eso creo. El guía usó una palabra varias veces que sonaba como "tuntian" y nadie del grupo preguntó nada, lo cual quizás indica que todos lo sabían ya o que nadie quería quedar mal.

El sol cayendo sobre el agua hacía que pareciera que el canal estaba encendido por dentro, esa luz de tarde que convierte cualquier cosa en fotogénica aunque sea cemento y juncos.

El momento incómodo llegó cuando el grupo se reagrupó para una foto y alguien me hizo un gesto indicando que me metiera en el encuadre. No lo hice. Sonreí de esa manera que significa no-gracias-no-soy-de-aquí-esto-es-un-malentendido y me aparté dos pasos hacia la izquierda. El fotógrafo del grupo, que llevaba una cámara que costaba más que mi presupuesto de las últimas tres semanas, me miró con la expresión exacta de quien acaba de procesar que el extraño no era parte del tour oficial sino un intruso de buena fe que había estado escuchando gratis durante veinte minutos.

Hay algo vagamente ridículo en eso. No lo niego.

El guía, sin embargo, siguió hablando como si yo siguiera ahí, incluso cuando ya me había separado del grupo. Terminó la explicación, señaló un poste de luz al fondo de un camino de tierra, y empezó a caminar. El grupo lo siguió. Pasaron junto a mí sin volver a mirarme.

Me quedé solo con el canal otra vez. Los álamos no habían cambiado. El agua seguía igual de rápida. En el horizonte había un edificio bajo, blanco, con una antena parabólica en el techo que apuntaba hacia ningún lado obvio. Pensé en la palabra que había repetido el guía y en que probablemente la estoy pronunciando mal en mi cabeza, y en que tampoco tengo a quién preguntarle.

Imprescindible en Hohhot, China

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