La tienda está en un callejón que sale de Da Zhao Xi Jia Dao hacia el oeste, entre una carnicería con el escaparate pintado de rojo y un local de reparación de electrodomésticos que lleva cerrado desde que llegué a este barrio. No tiene letrero visible desde la calle, solo una puerta de madera entreabierta y, cuando uno se asoma, el olor a corcho húmedo y barniz viejo que te golpea antes de que los ojos se acostumbren a la penumbra de esa bombilla solitaria colgada del techo. Entré porque sí, porque el callejón terminaba ahí y porque ayer me pasé cuatro horas siguiendo sin querer a un grupo de turistas con auriculares y guía, aprendiendo historia de Hohhot sin pagar nada, y supuse que el karma tenía pendiente cobrarme algo.

El hombre detrás de la mesa de madera no levantó la vista cuando entré. Tenía una hoja impresa con números que iba marcando con un bolígrafo de los que ya casi no funcionan, de esos que hay que inclinar a cuarenta y cinco grados para que el trazo salga. Las estanterías cubrían las tres paredes hasta el techo: botellas con etiquetas en chino, en francés con las vocales mal escaneadas, en inglés de imitación. Una de ellas tenía la etiqueta pegada torcida y alguien la había intentado despegar a medias. Me quedé mirando sin intención real de comprar nada, que es exactamente el estado mental con el que uno acaba comprando cosas que no necesita.

Fue la sección del fondo la que me perdió. Blancos. Unos pocos, mal colocados entre tintos de procedencia dudosa, pero ahí estaban. Un Riesling de no sé qué cooperativa alemana que probablemente lleva dos años en ese estante, un Verdejo de una bodega de Rueda que no reconocí, y una botella sin año visible con una etiqueta que prometía ser un Chardonnay australiano. En condiciones normales no habría tocado ninguno de los tres. Pero llevaba ya varias semanas acumulando pérdidas de distinto tipo, un patrón que a estas alturas ya no me sorprende sino que simplemente registra, y la idea de encontrar un blanco decente en un callejón de la ciudad vieja de Hohhot tenía algo de irresistible que no supe o no quise contrarrestar.

Señalé el Verdejo. El hombre dejó el bolígrafo, cogió la botella, la miró con la distancia de quien no bebe vino y marcó algo en un papel que sacó del cajón. Doscientos yuanes. No pregunté si era negociable porque la forma en que lo dijo, sin mirarme, cerraba esa posibilidad antes de que existiera. Doscientos yuanes son aproximadamente veintisiete euros, que en este momento no tengo margen para gastar en algo que podría haber evitado, pero la transacción ya estaba hecha antes de que mi cabeza terminara la cuenta. Me quedé con unos quinientos yuanes, lo cual, convertido al cálculo real de los próximos días, no es una cifra que invite a la calma.

Salí con la botella en la mochila y volví por el callejón hacia la calle principal, pasando junto a una acequia de las que cruzan este barrio cada cien metros, con el agua baja y marrón de mediados de julio. Pensé, sin querer, en el guía de ayer, en cómo explicaba que estos canales de irrigación tienen más de cuatrocientos años y que el trazado urbano de la ciudad vieja se construyó alrededor de ellos, y cómo yo lo escuchaba desde el fondo del grupo sin haber pagado un céntimo por esa información. El conocimiento gratis, la botella cara. Hay una lógica ahí que no me favorece especialmente.

No abrí el vino hasta la tarde, sentado en la habitación con un vaso de plástico del cuarto de baño porque no hay copas. El Verdejo estaba correcto. No era gran cosa, probablemente había viajado mal y el calor de Hohhot no le había hecho ningún favor, pero tenía esa acidez limpia que uno busca en un blanco de Rueda cuando funciona. Correcto. Doscientos yuanes por correcto.

La bombilla de la tienda todavía me parece encendida cuando cierro los ojos.

Imprescindible en Hohhot, China

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