¿Cuánto tiempo más voy a poder quedarme aquí con veinticinco dólares en el bolsillo?

La pregunta lleva en mi cabeza desde ayer, desde que salí del puesto de fideos de la calle Universidad Oeste convencido de que me habían cobrado de más, y no de poco. Cincuenta dólares. Ni siquiera sé exactamente cómo ocurrió: pedí un bol, un té frío, quizás algo más que no recuerdo, y cuando vi el total en la pantallita de la calculadora que me acercó el chico, el número no cuadraba con nada. Le pregunté dos veces. Me mostró la calculadora otra vez. No hubo discusión real porque no tengo las palabras para discutir en chino con un vendedor ambulante que prefiere no mirar a los ojos, así que pagué y me fui, y eso fue ayer, y hoy sigo con ese malestar del que no se hace nada pero tampoco desaparece.

Veinticinco dólares. Cuento el equivalente en yuanes cada vez que paso por un sitio donde podría gastar algo. Esta mañana caminé hasta el área de Dazhao sin comprar nada: entrada gratuita si rodeas el templo por fuera, que es lo que hace la mayoría de la gente mayor a primera hora de todos modos, así que en eso no desentoné. El calor aprieta antes de las nueve. La acera frente a la calle Da Zhao Xi Jia Dao tiene un olor a incienso barato mezclado con el de la grasa de las sartenes de los puestos del desayuno, una combinación que en otro momento encontraría rara pero que ya me parece normal, lo cual probablemente sea una mala señal.

Lo que no me parece normal es que siga aquí. Podría irme. La opción existe. Pero algo en mí se niega a que la razón para marcharme sea haber perdido dinero de forma estúpida en un puesto de fideos. Eso me parece peor que quedarse sin fondos con dignidad, aunque reconozco que esa distinción puede no tener ningún sentido objetivo.

Hoy la pared de mi habitación tiene una grieta nueva, o al menos hoy la veo. El yeso desconchado justo encima del mapa que dejé clavado hace tres días. Me senté un rato a calcularlo todo: un bol de fideos en los puestos más baratos de Xinhua West Street sale por dos o tres yuanes si no te equivocas de sitio, y yo ya sé cuáles son los sitios donde no me van a equivocar. Dos comidas al día en esos términos. Nada de taxis, nada de entradas, nada de agua embotellada si hay grifo. Es manejable. Feo, pero manejable.

El problema de hoy fue más pequeño pero igual de irritante: intenté pagar con el código QR en una tiendecilla de la calle lateral y me dijo que no aceptaba ese método, solo efectivo, y tuve que sacar un billete que no quería tocar todavía. Cuatro yuanes. Una botella de agua porque el calor ya no era opcional. Cuatro yuanes menos en un presupuesto donde cada uno importa más de lo que debería.

Así que esta tarde no salí. Me quedé con el mapa desplegado sobre la mesa, repasando rutas que cuestan cero, lugares donde puedo estar sin gastar: el campus universitario al oeste, las calles residenciales del barrio, el paseo exterior del templo otra vez si mañana madrugo. La luz de la ventana entraba oblicua y calentaba el papel del mapa hasta que el papel olía un poco a polvo. Afuera, alguien pasó con una bicicleta que chirriaba en el mismo tono cada tres pedaladas, muy regular, como un metrónomo mal afinado.

No resolví nada del asunto del puesto de fideos. No voy a recuperar ese dinero. Pero el mapa sigue ahí, con las marcas que hice, y mañana me levantaré antes de que apriete el calor.

Imprescindible en Hohhot, China

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