Hohhot quedó atrás esta mañana y Wuhan se presentó con un calor que no negocia: cuarenta grados fuera, vapor dentro, y yo con el equivalente a diez dólares en el bolsillo después de una racha de contratiempos que lleva prácticamente tres semanas hundiéndome. Ayer fue el último. Ya perdí la cuenta de cuántos imprevistos caben en diecinueve días, pero el resultado es el mismo número cada vez que abro la aplicación del banco.
Huangpi no es el Wuhan que aparece en los artículos. No hay murales gigantes para turistas ni cafeterías con nombre en inglés. Lo que hay es ruido de obra a las dos de la tarde, un puesto de sandía cortada en rodajas grandes bajo una sombrilla azul desteñida, y señoras con abanico de plástico que se miran entre ellas cuando paso. Bien. Prefiero esto al Wuhan cosmopolita que no puedo pagar.
El problema concreto es el siguiente: con diez dólares hay que comer, hay que beber algo que no mate, y hay que resolver dónde dormir esta noche porque el sitio que tengo reservado es la versión más barata que encontré desde el móvil antes de aterrizar, y aun así me come más de la mitad de lo que tengo. El margen es ridículo.
Encontré el local de fideos casi por accidente, buscando sombra más que comida. Está en Songzhu Road, sin letrero que valga traducir, con cuatro mesas de fórmica verde y una cortina de plástico transparente en la entrada que retiene el vapor dentro como si fuese una política deliberada. El hombre que trabajaba detrás del mostrador no levantó la vista cuando entré, siguió picando algo sobre una tabla de madera oscura y grasienta, con un ritmo que daba a entender que llevaba haciendo ese mismo movimiento desde antes de que yo naciese. Las cestas de bambú apiladas en la esquina llegaban hasta el techo casi. El vapor de las ollas lo mojaba todo con una capa fina, las baldosas del suelo, el cartón con el menú escrito a mano, mi camiseta.
Pedí señalando porque mi mandarín es inexistente y mi cantonés peor todavía. Me trajeron un bol con fideos, caldo con algo de cerdo y una cantidad generosa de aceite de guindilla encima. No sé el nombre exacto del plato. Costó once yuanes, lo cual son aproximadamente un dólar y medio. No estaba mal, aunque el aceite era más agresivo de lo que esperaba y tuve que pedir agua dos veces, lo cual me pareció un triunfo logístico dado que no sé cómo se dice agua en mandarín y lo resolví con el gesto universal de señalar mi vaso vacío.
Hay algo que me molesta de Wuhan ya desde el primer día: la sensación de que la ciudad no te necesita para nada. No es hostilidad, es indiferencia a escala industrial. Cien millones de cosas pasan al mismo tiempo y ninguna te espera. Para alguien que viene de la relativa lentitud de los Balcanes o del Cáucaso, donde cada pueblo tiene la costumbre de mirarte aunque sea con suspicacia, esto es otro idioma además del literal. Me pregunto si eso cambia si te quedas semanas o si simplemente te vuelves parte del ruido.
El asunto de esta noche sigue sin resolverse del todo. El alojamiento está pagado pero la pregunta de mañana ya presiona: si aparece otro imprevisto, y en estas semanas han aparecido con una regularidad que roza lo cómico, el margen desaparece por completo. No es angustia lo que siento, es una especie de aritmética incómoda que no cierra. El anciano del mostrador apilaba otra cesta de bambú sobre las demás cuando salí. No me miró.
Imprescindible en Wuhan (Huangpi), China
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