«Diez dólares», me digo, y no es un pensamiento, es una cuenta. Diez dólares americanos en la cuenta, el calor de Huangpi apretando ya desde las ocho de la mañana, y yo sentado en un autobús que va, según acabo de entender, exactamente en la dirección contraria a donde quería ir. Hay un cartel rojo que pasa dos veces, y cuando lo reconozco la segunda vez es porque ya lo había visto hace diez minutos, lo cual solo puede significar una cosa. El conductor tiene el aire acondicionado puesto pero hay un fallo en la distribución del frío, así que la parte delantera es ártica y los últimos cuatro asientos, donde estoy yo, son un invernadero.

Me bajo en la siguiente parada, que es una bocacalle junto a lo que parece ser un nudo de carreteras auxiliares cerca de Wuluo Road, con motos aparcadas en doble fila encima de la acera y un bloque de carteles en chino que no consigo leer más rápido de lo que cambia el semáforo. Treinta minutos perdidos, ida y vuelta. No es un drama, pero tampoco es un regalo cuando cada desplazamiento implica una aritmética que hago automáticamente: cuánto cuesta el próximo autobús, si merece la pena, si hay alternativa a pie. La respuesta casi siempre es que a pie son cuarenta y cinco minutos bajo un cielo que hoy está blanco y plano, sin nubes reales, solo una especie de niebla de calor que aplana todo y hace que los edificios grises de cuatro plantas parezcan pintados con la misma brocha.

Mi hermano dijo una vez que dar la vuelta al mundo era «una locura». Lo dijo sin coma, sin pausa, con la convicción de alguien que lleva razón y lo sabe. Ahí, parado en la acera mientras una moto casi me roza el codo, pienso que quizás la locura no era el plan sino el momento en que el plan se convierte en pura resistencia contable. No es lo que imaginé cuando empecé esto.

El problema concreto de hoy no es el autobús equivocado sino lo que descubro cuando intento reorganizarme: la red de datos lleva caída desde antes del mediodía, un fallo que afecta a varios operadores en esta parte de Huangpi según una señora que me lo explica con gestos y con el teléfono en la mano, mostrándome la barra de señal a cero. Sin datos no puedo consultar rutas, no puedo verificar horarios, no puedo hacer nada que requiera conectividad, que resulta ser casi todo. Me quedo con el mapa descargado, que tiene las calles principales pero no los recorridos de autobús actualizados, y con la certeza de que moverme hoy va a costar más de lo que debería, en tiempo y en lo otro.

Lo de «lo otro» es los diez dólares. El corredor de restaurantes que va paralelo a la zona de Shuiguohu está activo incluso a esta hora, con mesas plegables en la acera y el olor a algo frito que no identifico bien, y hay una parte de mí que querría sentarme y comer algo caliente, pero hago la cuenta otra vez y la respuesta es no. No porque tenga hambre de heroísmo sino porque el margen ya no permite imprecisiones. Cada imprevisto de los últimos días ha ido quitando algo, y el resultado es este número que no da para errores voluntarios.

Termino volviendo al sitio donde estoy alojado caminando los cuarenta y cinco minutos bajo el cielo blanco, con las motos pasando a velocidad de ciudad media y los carteles parpadeando aunque es de día. En algún punto de Wuluo Road hay un local con una nevera de bebidas en la puerta y un ventilador de pie apuntando hacia fuera, y me quedo un momento ahí parado, en el borde del aire frío, sin entrar.

Imprescindible en Wuhan (Huangpi), China

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