«¿Lao Bao? ¿La calle Shantai?», le pregunté al tipo de la moto que estaba parado en una esquina, mirando el móvil. Levantó la vista, me señaló hacia el fondo del callejón con un gesto que podía significar cincuenta metros o cinco kilómetros, y volvió a bajar los ojos. Wenzhou funciona así: la información existe pero llega dosificada, y si no la atrapas a tiempo te quedas con un gesto ambiguo y el calor pegándote en la nuca.
El calor es lo primero que hay que mencionar. Julio en el Distrito de Longwan no es calor de playa ni calor que invita a sentarse. Es un calor húmedo y estático que se mete entre la ropa y se queda ahí, y los callejones de Shantai no ayudan porque no corre un gramo de aire. Ayer ya salí mal parado con el autobús en Huangpi, treinta minutos yendo en dirección contraria antes de darme cuenta de que el número de la línea no significa nada si subes por el lado equivocado, y hoy me prometí que iba a leer los carteles antes de moverme. Más o menos lo cumplí.
Encontré el puesto de Lao Bao por el olor antes que por el nombre. La olla de barro estaba en el fuego, tapada, y cuando el hombre levantó la tapa salió una nube de vapor con olor a soja y grasa de cerdo que ya justificaba el viaje. El local tiene cuatro mesas de madera, unos utensilios colgados en la pared del fondo sin ningún criterio aparente, y una carta escrita a mano que no entendí del todo pero que tenía los precios visibles, lo cual importa cuando llevas encima lo justo. El arroz en cazuela de barro con carne me costó seis kuai. Me quedé mirando el billete unos segundos antes de soltarlo porque seis kuai de siete no es un gasto, es casi una declaración de principios sobre el estado de las cosas.
La comida estaba bien. No voy a exagerar: estaba bien, era densa y caliente a pesar del día, y la carne tenía ese punto de humedad que indica que llevan horas cocinándolo, no veinte minutos. Me senté solo, comí despacio porque no tenía nada urgente que hacer hasta que tocara volver, y pensé en lo que un flujo de trabajo bien automatizado podría hacer por alguien en mi situación, que básicamente es calcular en tiempo real cuánto le queda en el bolsillo antes de que la cosa se ponga fea. No como juguete. Como herramienta real. Hay una diferencia enorme y la gente que diseña esas cosas suele no haberla vivido.
Después intenté llegar a las bolas de carne del puesto junto al puente Gaogong que había visto mencionado en una nota que saqué antes de salir. No llegué. En la entrada del callejón me cobraron el paso sin que yo lo esperara, uno de esos peajes improvisados que aparecen en zonas que están entre lo turístico y lo que todavía no lo es del todo, y el hombre no tenía cambio o dijo que no tenía cambio, que viene a ser lo mismo. Perdí dos kuai en esa operación que no tenía nombre claro y que me dejó con un único billete de un kuai en el bolsillo y la sensación de que la ciudad me había ganado un punto sin esfuerzo.
Pasé por la plaza Roma antes de volver hacia la parada. Grandes edificios, un espacio abierto que no tiene nada que ver con los callejones de hace diez minutos, hoteles que parecen de otra ciudad o de otro país. No me detuve porque no podía comprarme ni un agua ahí, y mirar escaparates cuando llevas un kuai encima tiene un límite de dignidad que creo que no habría aguantado.
La olla de barro en la mesa de madera, humeando, rodeada de utensilios sin orden. Eso fue el día.
Imprescindible en Wenzhou (Longwan), China
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