Cero. Así de limpio el número cuando abrí la aplicación del banco esta mañana, sentado en el borde de la cama con el ventilador apuntando a mis espinillas. Ayer desapareció lo que quedaba, no de golpe sino de la manera más estúpida posible, y todavía no sé si rabia es la palabra correcta o si simplemente es esa sensación de haber pisado el mismo escalón roto por décima vez.

Salí a la calle porque quedarse dentro con cero yuanes y un ventilador roto a medias es peor que cualquier alternativa. En el cruce de abajo, junto a la frutería que tiene un carrito de verduras siempre mal aparcado y bloqueando medio paso, ya había ocho o diez personas comprando, pagando, llevándose bolsas. Los e-bikes sonaban sin parar, uno detrás de otro, y un vendedor contaba billetes doblados con esa eficiencia de quien lleva veinte años haciéndolo. Cada transacción era un pequeño recordatorio. No agresivo, solo constante, como el ruido de fondo que no puedes desconectar.

Intenté resolver lo del dinero de esta mañana. Hay un sitio a tres manzanas, no exactamente un banco, más bien una ventanilla encajada entre una ferretería y un puesto de fideos, donde la semana pasada vi a alguien cambiar divisas sin demasiado papeleo. Llegué a las diez y cuarto. Había un papel pegado con cinta adhesiva sobre el cristal que decía algo que no entendí del todo pero que incluía los caracteres de "cerrado" y una hora que ya había pasado. Me quedé ahí parado un minuto, mirando el papel como si fuera a cambiar de opinión. No cambió.

Fue entonces cuando el hombre del local de comida rápida de la esquina, el que vende baozi desde las seis de la mañana y siempre tiene manchas de harina en el delantal incluso cuando no está cocinando, se asomó y me preguntó si esperaba a alguien. Le dije que no. Hubo una pausa. «Por la tarde, cuando cierre», me dijo en un mandarín bastante lento y con gestos de apoyo, «puedo llevarte a ver el Instituto. El de los murciélagos.» Lo dijo así, con la naturalidad con que uno propone tomar un café.

No soy el tipo de persona que va a buscar ese lugar como atracción turística. Me parece, en general, de bastante mal gusto convertir el origen probable de una pandemia que mató a millones de personas en una excursión vespertina. Y sin embargo fui, porque era gratis, porque no tenía otra cosa que hacer, y porque la curiosidad es uno de los pocos recursos que no han llegado a cero todavía.

Llegamos en su e-bike, él conduciendo y yo detrás intentando no pensar en que Holanda tiene normas de tráfico y China claramente otras distintas. El Instituto de Virología de Wuhan está en el distrito de Jiangxia, bastante lejos del centro de Huangpi, y desde fuera parece exactamente lo que es: un complejo de edificios grises con vallas, cámaras y ningún cartel que invite a detenerse. Mi anfitrión de harina en el delantal señaló una esquina específica de la valla exterior con la solemnidad de quien revela un secreto que ya han revelado mil veces. «Aquí», dijo. Hice una foto que no le saldrá bien a nadie porque era casi de noche y porque realmente no había nada fotogénico que ver, solo cemento y alambre y una farola parpadeante.

Lo que no entiendo, y se lo intenté preguntar con los tres verbos que manejo en mandarín, es cómo alguien convierte esto en orgullo local. Él se encogió de hombros. No creo que fuera orgullo exactamente. Más bien una forma de decir: esto pasó aquí, y seguimos.

Volví sin dinero, igual que salí. La ventanilla de cambio seguía cerrada cuando pasé por delante. Mañana tengo que resolver eso antes de las diez, porque si no, el problema deja de ser incómodo para volverse urgente.

Imprescindible en Wuhan (Huangpi), China

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