En el taller de reparación de móviles que hay tres portales más abajo de donde duermo, hay una llave inglesa encima de un bloque de madera que nadie ha movido en los días que llevo observándola. No sé por qué me fija la vista ahí cada vez que paso, pero lo hace. Quizás porque lo demás en ese local cambia: los clientes, las piezas abiertas sobre la mesa, el ventilador que a veces apunta hacia adentro y a veces hacia la calle. La llave no. La llave está ahí como un argumento sin terminar.
Ayer me pasó algo que todavía no sé cómo clasificar, y lo llevo dando vueltas desde que me levanté esta mañana. El vendedor que me llevó al perímetro exterior del Instituto de Virología resultó ser el puente hacia otra cosa, porque en algún momento de la tarde apareció un hombre que hablaba un inglés extrañamente limpio, de esos que no tienen acento identificable, ni americano ni británico ni nada concreto, como si lo hubiera aprendido de manuales en vez de de personas. Me invitó a tomar algo en el corredor de bares que hay cerca del lago Shuiguo, con esa manera de invitar que no suena a generosidad sino a agenda. Dos cervezas después, mientras la luz de fuera se ponía de ese naranja sucio que tiene Wuhan antes de que caiga la noche, me preguntó si conocía bien la historia del Covid. No como pregunta retórica. Como apertura.
No voy a reproducir todo lo que dijo porque en parte no recuerdo el orden y en parte no sé qué hacer con ello todavía. Pero el resumen es este: según él, el virus no se escapó por negligencia genérica ni por mercados de animales ni por ninguna de las explicaciones que circularon los primeros años. Fue un experimento, sí, pero el experimento no era americano. Era chino. Y no se escapó por sabotaje externo sino por un fallo interno, el tipo de fallo que ocurre cuando un proceso se acelera porque hay presión para tener resultados antes que los competidores. Me lo decía con la calma de alguien que está describiendo un problema de ingeniería, sin dramatismo, con esa serenidad que da más miedo que el énfasis. No sé si estaba loco, si era un agente de algo, si era un mitómano con buenas fuentes, o si simplemente era alguien que llevaba mucho tiempo en esta ciudad y había acumulado una versión del asunto que no encaja en ninguno de los relatos oficiales. Lo que sí sé es que sabía exactamente qué edificio habíamos visto el día anterior, sin que yo se lo hubiera contado.
Eso fue ayer. Esta mañana tengo el problema de siempre más el problema nuevo: la cuenta en cero y un retraso que me cayó encima como caen las cosas aquí, sin aviso y sin compensación. Había quedado con alguien para que me mostrara cómo funcionan los flujos de distribución de Hanzheng Street, que es una de esas redes de logística de producto barato que mueven más dinero del que parece desde fuera, y el contacto simplemente no apareció. Mensajes sin respuesta. Una hora sentado en una esquina con el móvil en la mano y el calor encima. Lo dejé correr porque no tenía otra opción, y porque gastar energía en irritarme por cosas que ya llevan semanas ocurriendo de manera sistemática empieza a parecerme un lujo que tampoco me puedo permitir.
Lo que tengo que resolver es otra cosa: si el hombre del bar era un encuentro casual o no. Tengo mentalidad de builder, y cuando algo no cuadra lo primero que hago es mapear qué piezas faltan en vez de concluir que el sistema está roto. Las piezas que me faltan son muchas. Pero hay una que me parece central y que no me deja: nadie en esa barra sabía que habíamos estado ahí el día anterior. Y él sí.
El ventilador del taller ahora apunta hacia la calle. La llave inglesa sigue donde estaba.
Imprescindible en Wuhan (Huangpi), China
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