¿Cuántos días seguidos puede fallarte algo antes de que empieces a pensar que no es mala suerte sino un patrón?

Hoy fue la puerta de un pequeño almacén de maquinaria agrícola en el borde del canal, cerca de Jiangdi. Pasé por delante sin intención de entrar, pero el sensor me detectó, abrió, y cuando ya tenía medio cuerpo dentro volvió a cerrarse. Ni adentro ni afuera. Tres segundos de pánico absurdo con el brazo atrapado entre los paneles de plástico, y entonces tres hombres que estaban fumando en la acera se levantaron riéndose a carcajadas para empujar manualmente las hojas. Uno dijo algo que supuse era «bienvenido a China» aunque igual era «la batería lleva semanas así». No tengo forma de saber cuál.

El canal estaba a unos diez metros, entre campos de lo que creo que es pepino aunque no apostaría nada por esa identificación. El sendero de tierra que corre paralelo al agua tenía las huellas de un carrito de mano que alguien había sacado y no devuelto. Un edificio de ladrillo sin ventanas, cerrado, con una cerradura de cadena que llevaba demasiado óxido para ser reciente. Ese tipo de imagen que en otro contexto parecería desoladora y aquí simplemente parece funcional, sin drama.

No me moví de la zona porque tengo cero yuanes en el bolsillo y moverme cuesta dinero que no tengo. Pero dicho así suena a que me resigné, y no es exactamente eso. La otra opción era intentar algo, no sé el qué, buscar una solución que no existe todavía, gastar energía en hacer como que las cosas están en movimiento cuando no lo están. Prefiero estar quieto y mirar el canal. Al menos el canal es real.

Aquí viene la pérdida menor del día, sin dramatismo: la batería del teléfono murió a media mañana y no encontré ningún enchufe accesible durante horas. Sin mapas, sin traductor, sin poder verificar nada. Estuve caminando por el borde de los campos con un ladrillo de vidrio muerto en el bolsillo, tomando decisiones de dirección por intuición, que es otra forma de decir al azar. Terminé volviendo al mismo punto de partida porque el canal solo tiene un lado caminable y ese lado es circular.

Y entonces, sin que viniera a cuento, me acordé del tipo de ayer. El hombre que me habló durante veinte minutos sobre el origen del virus, con esa seguridad tan específica que resulta perturbadora, el tipo de seguridad que o bien viene de saber demasiado o de haber construido un relato demasiado cerrado para admitir duda. No lo puedo verificar. No lo puedo descartar. No sé qué hacer con eso más que cargarlo como un archivo corrompido que el sistema no sabe si borrar o abrir. Me gusta crear sistemas que parecen tener vida propia, esa es la parte de mí que sabe distinguir entre un mecanismo que funciona y uno que solo aparenta, pero con ese hombre no tuve la sensación de poder aplicar ninguna de las dos categorías con certeza.

Lo que me molesta no es la afirmación en sí sino que sigo pensando en ella. Eso dice algo, aunque no sé exactamente qué.

Los tres hombres de la puerta siguieron fumando después de ayudarme. Ni me miraron más. El incidente duró menos de un minuto y para ellos ya había terminado. Yo me quedé parado en la acera otros treinta segundos más de lo necesario, como si tuviera que extraer algo de la situación, y no extraje nada. El carrito vacío junto al edificio de ladrillo seguía ahí. Alguien lo dejó así y se fue.

Imprescindible en Wuhan (Huangpi), China

Este post contiene enlaces de afiliados.