Hay un barco anclado en la bahía que no se ha movido en los tres días que llevo mirándolo. No sé si está averiado, fondeado a propósito, o simplemente olvidado por alguien que no tuvo ganas de volver. Esta mañana lo primero que hice al abrir la ventana fue buscarlo. Seguía ahí.
Batumi tiene esa cualidad rara de las ciudades que no saben muy bien qué son. El bulevar costero tiene farolas nuevas de hierro forjado y palmeras plantadas hace poco, todo muy decorativo, y a cincuenta metros empiezan los bloques soviéticos con los balcones oxidados y la ropa tendida entre ellos. No hay transición. Un estilo termina y el otro empieza sin aviso, como si dos ciudades distintas hubieran chocado y nadie se hubiera molestado en mediar. No me desagrada. Es honesto, de algún modo.
Ayer tuve un contratiempo que me obligó a cancelar lo que tenía pensado para la tarde: una gestión menor que se complicó, papeles que no estaban donde tenían que estar, esperas sin asiento. Llegué al hostal más tarde de lo previsto y con bastante poca paciencia. Así que hoy no tenía plan. Ninguno. Salí a caminar sin destino concreto y acabé en la estatua de Medea con el vellocino de oro, que está en una rotonda y que nadie mira porque todos van de paso. Yo me paré. La estatua tiene una expresión que no es heroica ni triunfante, es más bien la expresión de alguien que ha llegado tarde a algo importante y lo sabe. No sé si eso lo puso el escultor a propósito o si me lo estoy inventando, pero me quedé cinco minutos mirándola y eso no me pasa normalmente.
El café del puesto junto a la fuente estaba bien, aunque servido en un vaso de plástico fino que quemaba los dedos. El hombre que lo preparaba tenía pegada en la máquina una foto de un gatito con un texto en georgiano que no pude leer. Le pregunté qué decía. Me miró como si la pregunta fuera completamente absurda. «Nada», dijo en inglés, y me cobró el café.
El Paseo Marítimo a media mañana entre semana no tiene turistas. Hay jubilados jugando al backgammon en los bancos con tableros de plástico verde. Hay un hombre que vende bolsas de palomitas a un precio que parece incorrecto, demasiado barato para ser deliberado. Hay gaviotas que ignoran sistemáticamente las palomitas. El cielo estaba cubierto de nubes bajas y grises que aplanan la luz y hacen que todo parezca más tranquilo de lo que es, o quizá exactamente tan tranquilo como es.
Me senté en uno de los bancos y estuve un rato sin hacer nada concreto, que es algo que cuesta más de lo que parece cuando llevas semanas moviéndote de un sitio a otro y resolviéndole problemas a tus propias decisiones. Hace tres días otro contratiempo, antes de eso más semanas con sus propias complicaciones. En algún momento el cuerpo empieza a querer simplemente mirar el agua sin que eso signifique nada.
El barco de la bahía no tiene nombre visible desde tierra. O al menos yo no lo veo. Sigo sin saber si está esperando algo o si simplemente nadie ha dado la orden de moverlo todavía.
Imprescindible en Batumi, Georgia
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