«¿Primera vez en Bakıxanov?», me preguntó el hombre de la esquina, con una bolsa de plástico en cada mano y una actitud de quien lleva veinte años haciendo esa misma pregunta a forasteros con cara de desorientación. Le dije que sí con la cabeza, y él señaló hacia ningún sitio concreto antes de seguir su camino. Así empezó la mañana: sin instrucciones.

Llegué desde Batumi con el primer vuelo, lo cual significó salir del apartamento cuando todavía no había luz natural y llegar a Bakú con una especie de calidad de atención a medias, ese estado en el que registras todo pero procesas la mitad. El taxi desde el centro al barrio de Bakıxanov tardó más de lo esperado porque una parte de Səməd bəy Mehmandarov küçəsi estaba cortada por lo que parecía ser una función privada: sillas plegadas formando un semicírculo, manteles largos sobre mesas de caballete, y un sonido de graves que venía de algún equipo de audio que todavía nadie había encendido del todo. El taxista lo explicó en azerbaiyano y yo asentí como si hubiera entendido algo. Perdí unos veinte minutos dando la vuelta a manzana.

El asunto de los mərasim evi en este barrio es algo que no esperaba encontrar con tanta densidad. No uno, no dos: carteles en varios edificios, fachadas con nombres en letras doradas o en relieve, algunos con fotografías de banquetes que se ven desde la acera. Está claro que aquí la ceremonia no es algo que pase dentro de casa; es una industria con su propia arquitectura. Pasé frente a Vida Mərasim Evi dos veces porque la primera vez estaba cerrado, con un cartel escrito a mano que no supe leer, y la segunda vez la puerta seguía cerrada pero adentro alguien barría con esa energía de quien está preparando algo que empezará dentro de horas, no de días. No entré. No había motivo para entrar.

Lo que sí encontré abierto fue el Khachapuri Picnic, que en el nombre ya lleva una contradicción implícita: el khachapuri no es comida de picnic en ningún sentido reconocible del término, pero el sitio funciona, el pan con queso estaba caliente y no tenía esa textura de recalentado que a veces arruina los primeros bocados. Me senté solo en una mesa junto a la pared, que tenía un papel tapiz con un motivo floral que alguien había intentado despegar en una esquina y luego había abandonado el intento a mitad. El camarero me trajo el pedido sin preguntar si quería algo más, lo cual no sé si es eficiencia o desinterés, pero esta mañana me convenía cualquiera de las dos.

Después de comer me quedé un rato caminando por la zona sin objetivo particular, que es la única manera honesta de ver un barrio que no está diseñado para turistas. La piedra de algunos edificios más viejos tiene una talla floral bastante específica, racimos de hojas estilizadas que se repiten con pequeñas variaciones, como si varios canteros hubieran trabajado el mismo patrón sin coordinarse del todo. Hay grietas en algunas de esas fachadas que no son deterioro exactamente sino algo más parecido al movimiento natural del material bajo décadas de sol y vibraciones de tráfico. La luz de media mañana caía casi horizontal sobre una de esas paredes y hacía que las sombras en los relieves fueran más profundas de lo que serían a mediodía.

Vi un cartel en azerbaiyano sobre un local que estaba cerrado con candado, con un número de teléfono debajo y una imagen que podría ser un salón de banquetes o podría ser otra cosa completamente distinta. Sigo sin saber qué era ese sitio. No marqué el número.

Imprescindible en Bakú, Azerbaiyán

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