Entré porque la puerta estaba abierta. Así de simple y así de poco pensado: una puerta entornada en una callejuela entre Mazniashvili y la parte vieja, paredes con pintura descascarada en tonos ocre que alguien, en algún momento, debió de considerar elegante, y yo dentro antes de haber procesado del todo que había un cartel en georgiano que probablemente aclaraba todo lo que necesitaba saber.
Lo que vino después fue una copa de vino tinto puesto en mi mano por alguien que asumió que yo sabía por qué estaba ahí. El vino era ácido, de esos vinos georgianos que se hacen en kvevri y que tienen una personalidad que roza la agresividad, y yo lo sostuve con la cautela de quien recibe algo que no ha pagado todavía. Tardé unos cuatro minutos en entender que era una vernissage privada, que el artista, un hombre con barba gris recortada y una chaqueta que había visto mejores décadas, estaba a punto de hablar sobre su nueva serie, y que todo el mundo a mi alrededor creía con toda naturalidad que yo tenía derecho a estar ahí.
No me fui. Eso es lo relevante. Pude haberlo hecho, pude haberme escabullido antes de que alguien me preguntara mi nombre o mi relación con el artista, pero había algo en el espacio que me ancló: la luz entraba por ventanas altas y sin cortinas, del tipo que no se puede fabricar ni con dinero, y caía sobre las paredes erosionadas con esa indiferencia perfecta de los edificios que llevan décadas aguantando lo que sea. La obra eran fotografías grandes, casi todas en blanco y negro, con una o dos en sepia que no terminaban de justificar su cromatismo. No me convencieron especialmente, la composición tenía algo demasiado calculado, demasiado consciente de sí mismo, pero tampoco era el momento de ser crítico en voz alta.
El artista habló durante veinte minutos, en georgiano y con fragmentos en ruso, y yo no entendí prácticamente nada excepto una palabra que repitió tres veces: "tiempo". O al menos eso me pareció. La mujer a mi derecha, que llevaba un cuaderno pequeño con una gomita verde cruzada sobre la tapa y no lo abrió en ningún momento, asentía con esa concentración de quien escucha algo que ya sabe. Yo bebí el vino. Era la decisión correcta dado el contexto.
Ayer había tenido otro de esos días en que algo sale torcido sin razón especialmente dramática, el tipo de fricción menor que se acumula y que ya reconozco con un cansancio que no es exactamente hastío pero que se le parece bastante. Había cosas que no funcionaron, pequeños engranajes que fallaron, y en algún punto de la tarde había aceptado que Batumi, por ahora, no es un lugar por el que moverme en diagonal intentando aprovechar cada hora. Esto, quedarse, observar, entrar por puertas abiertas, es una forma de hacer algo aunque parezca no hacer nada.
La charla terminó con aplausos breves. Alguien descorchó otra botella. Yo devolví la copa vacía a una mesita cerca de la pared y encontré que la superficie estaba cubierta de polvo excepto en el círculo exacto donde había estado mi copa, lo cual me pareció el detalle más honesto de toda la tarde. Nadie me preguntó quién era. El artista se puso a conversar con dos personas en el rincón opuesto al de la entrada y yo salí por donde había entrado, por esa puerta todavía entornada, y la calle olía a humedad y a algo dulce que no identifiqué, quizás fruta fermentada, quizás el barrio, quizás el vino que seguía en el paladar con su acidez característica y su completa falta de disculpas.
El círculo de polvo en la mesa. Me quedé pensando en eso mientras caminaba.
Imprescindible en Batumi, Georgia
Este post contiene enlaces de afiliados.