Intenté cambiar la reserva de alojamiento a las nueve de la mañana y la plataforma me devolvió un error en ruso, luego en inglés, luego ya no devolvió nada porque se cayó del todo. Pantalla blanca. Reconecto el wifi, refresco tres veces, nada. Lo apunté como pendiente y bajé a la playa.

La orilla aquí es de guijarros, no de arena, y eso cambia bastante la experiencia porque no puedes tumbarte sin que la espalda proteste a los cinco minutos. El agua estaba quieta esta mañana, casi sin movimiento, y las montañas al fondo aparecían borrosas bajo ese cielo gris claro que no sabes si va a aclarar o a ponerse peor. Me quedé de pie en la orilla el tiempo suficiente para mojarme las zapatillas sin querer, porque los guijarros resbalan cerca del agua y calculo mal las olas pequeñas igual que calculo mal bastantes otras cosas. No traje bañador. O lo traje y está en el fondo de la mochila debajo de todo, que viene a ser lo mismo.

Ayer, en esa vernissage a la que entré sin invitación porque alguien sostuvo la puerta y yo simplemente no me detuve, el artista me explicó algo sobre el color que uses en el fondo de un cuadro y cómo ese color contamina todo lo demás aunque no se vea. Lo dijo con la copa en la mano, sin mirarme directamente, como si estuviera pensando en voz alta más que hablándome a mí. No intercambié datos con nadie, salí antes de que encendieran más luces y no volví hoy a buscar más contexto. A veces una conversación funciona mejor si no le añades continuación.

La plataforma seguía caída cuando subí de la playa. Probé desde el navegador del teléfono, desde el del portátil, desde una pestaña de incógnito que no sé por qué uno siempre intenta como si eso fuera a cambiar algo. Nada. Esto ya me ha pasado cuatro o cinco veces en los últimos días, no solo con esta plataforma, sino con el sistema de gestión del alojamiento, con una app de transporte que confirmó un trayecto y luego no tenía registro del pago, con una notificación que llegó tres días tarde. No es catástrofe, es patrón. Y cuando algo se convierte en patrón dejas de buscarle causa y empiezas a organizarte alrededor.

Así que me quedé. No porque no tuviera adónde ir sino porque moverme solo para moverme me parece una respuesta floja. Caminé por la avenida Fridon Khalvashi hasta un café que tiene las sillas de plástico blanco descoloridas por el sol y sirve el café con un vaso de agua que nadie pide pero todos beben. El hombre que atendía tenía un periódico doblado bajo el brazo durante toda mi visita y nunca lo leyó, solo lo cargó de un lado a otro del mostrador como si necesitara tener las manos ocupadas con algo concreto. El café estaba bien, sin más, de esos que cumplen.

Volví a revisar la plataforma pasadas las tres. Funcionaba. Hice el cambio en cuatro minutos, confirmación incluida. Todo ese tiempo esperando y el problema se resolvió solo, como suele pasar, sin que yo hubiera hecho nada útil en el ínterin excepto mojarme las zapatillas y beber un café mediocre frente al mar.

Los guijarros a esta hora, con la luz ya más baja, tienen un color que tira hacia el verde oscuro cuando están mojados y hacia el gris cuando se secan, y la línea entre unos y otros se mueve todo el rato.

Imprescindible en Batumi, Georgia

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