¿Cuántas capas de error hacen falta para construir una ciudad así de extraña? Llevo varios días en Batumi y todavía no sé qué me parece, lo cual es raro en mí, porque por lo general tengo una opinión formada en las primeras horas, para bien o para mal. Pero esta ciudad se resiste, y no de una manera que invite a la paciencia: se resiste como algo que no ha terminado de decidir qué es, como si los últimos cien años hubieran apostado por opciones distintas sin que ninguna ganara del todo.

Esta mañana bajé al paseo costero sin un plan especial, que es otra forma de decir que me negaba a tomar una decisión activa sobre el día, lo cual, entiendo, es también una decisión. El cielo llevaba horas sin aclararse, esa luz blanca y plana que aplana los volúmenes y le quita al mar cualquier textura que pudiera tener. Las estructuras de hormigón que salpican la orilla, esos bloques y tetrápodos con formas irregulares medio tragados por la arena, destacaban más así, sin sol que distrajera, con toda su masa fea y funcional bien visible. Alguien puso esas cosas ahí con un propósito que ahora es opaco, y la orilla lleva años integrándolas sin pedirles que se expliquen.

Un hombre mayor con un paraguas negro cerrado, usado como bastón aunque no llovía, se paró a mi lado sin que yo lo invitara y señaló hacia el agua. «Antes esto llegaba más lejos», dijo en un ruso mezclado con algo que no identifiqué, y como yo no respondí en el idioma correcto, repitió la misma frase con la mano extendida, señalando la línea donde el hormigón se interrumpe. Entendí que hablaba de la orilla, de que el mar había retrocedido, o quizás de lo contrario. No supe cuál de las dos y no quise adivinar. Se fue sin esperar nada de mí, arrastrando el paraguas por las piedras.

Lo que me quedó de ese intercambio de treinta segundos no fue lo que dijo sino lo que señalaba: ese punto donde el pavimento acaba y empieza una franja de escombros que no es exactamente playa ni exactamente obra. He visto esa zona antes, la he pisado incluso, pero no me había detenido a mirarla bien. Hay ahí una estructura que no está en los mapas que he consultado, algo que podría haber sido una caseta de control o un puesto de vigilancia costera, de estética inequívocamente soviética, con una ventana tapiada con bloque y un techo que cede hacia el interior. No tiene cartel. No tiene cerca. La gente pasa por delante y no la mira.

Ayer tuve un problema con una aplicación que uso para gestionar cosas menores, la segunda vez que falla en menos de veinticuatro horas contando el incidente de anteayer, y estuve un buen rato resolviendo eso en lugar de estar afuera. Me molestó más de lo razonable, porque son esas pequeñas averías técnicas las que desencuadernan un día de una manera que los problemas grandes nunca consiguen. Un problema grande te organiza; una aplicación congelada te dispersa. El caso es que llegué a la orilla tarde, ya con esa luz aplastada que mencioné, y quizás por eso la cosa me pareció más interesante de lo que habría parecido con sol: sin sombras todo es más crudo.

Esa estructura me interesa y no sé exactamente por qué, que es el mejor motivo para seguir mirándola. Quiero volver mañana con mejor luz, si la hay, y ver si por alguna de las rendijas se puede entender algo de la distribución interior. No tengo una hipótesis. Solo tengo la sensación de que hay algo que no cuadra entre lo que Batumi enseña como herencia y lo que deja tirado en la orilla sin rótulo.

El paraguas del hombre rayando las piedras al alejarse. Ese sonido, durante un momento, más claro que el mar.

Imprescindible en Batumi, Georgia

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