«Lleva aquí mucho tiempo», me dijo ayer la mujer de la pareja que me había pedido la foto, señalando el mar como si me estuviera explicando algo que yo ya debería saber. Me reí un poco, porque llevaba en Batumi exactamente once horas y lo poco que sé del mar Negro es que por las tardes adquiere ese color gris verdoso que no sale en ninguna foto de guía turística, y que el viento que viene del suroeste huele a sal mezclada con diesel de los cargueros que fondean a dos kilómetros de la costa.
Hoy no tenía ningún plan concreto, lo cual en Batumi significa que acabas caminando por el bulevar hasta que te duelen los pies sin haber llegado a ningún sitio en particular. Pasé por Liberty Square antes de las diez y el surtidor central estaba encendido pero sin nadie mirándolo, que es la versión más honesta de cualquier fuente monumental: agua cayendo para nada, perfectamente. El pavimento alrededor tiene unas losas rosadas que algún diseñador municipal eligió en algún momento de optimismo y que ahora se ven ligeramente torcidas por las raíces de los árboles. Me senté en un banco cinco minutos y el banco tenía un tornillo suelto en el lado derecho que hacía ruido cada vez que me movía, lo cual consiguió que no me moviera en absoluto, que era probablemente lo que necesitaba.
La pareja de ayer, lo que no terminé de contar: Mehmet y su mujer, turcos de Trabzon, que cruzan en ferry cada temporada para pasar cuatro días en el lado georgiano porque les sale más barato que ir a Estambul y el marisco aquí «no está adulterado», según Mehmet, que usó esa palabra con una convicción que me pareció excesiva pero no incorrecta. Me preguntaron si era periodista. Les dije que no, que simplemente viajaba, y los dos intercambiaron una mirada breve que no supe interpretar. Quedamos de vernos esta tarde en el paseo, aunque ese tipo de quedadas informales en Batumi tienen una tasa de éxito aproximada de cero porque nadie lleva reloj y la brisa del mar distrae.
Fridon Khalvashi lleva ahora a una parte de la ciudad que parece haber llegado de otra época sin avisar: hay un edificio de apartamentos soviético pintado de beige que comparte manzana con un hotel de cristal nuevo, y entre los dos, sin que nadie lo haya planificado así, una anciana vende hierbas en una mesa plegable de plástico verde. Cilantro, estragón, algo que no reconocí y que olía ligeramente a trementina. Le pregunté qué era. Me miró como si la pregunta fuera de mala educación y señaló un vaso de agua que tenía al lado. Tomé nota de que no volvería a preguntar.
El mar desde el bulevar esta tarde tenía ese aspecto plano y sin anécdota de los mares que llevan nublados varios días, con las palmeras dobladas apenas, y al fondo, si uno miraba en la dirección correcta sin que los edificios nuevos de la zona del casino bloquearan el ángulo, una franja de costa que según Google Maps es ya Turquía. No se ve ninguna ciudad allí, solo montaña y cielo gris, lo cual hace que la frontera parezca algo teórico más que algo real. Batumi funciona así: todo lo que está al otro lado, ya sea el lado turco o el lado soviético o el lado otomano, existe simultáneamente sin que ninguna capa borre a la anterior, y eso produce una ciudad que no tiene del todo claro qué es, lo cual yo encuentro más honesto que las ciudades que sí lo saben.
Mehmet y su mujer no aparecieron por el paseo. O sí aparecieron y pasaron por otro tramo. El tornillo del banco de Liberty Square seguía haciendo ruido cuando me levanté para volver.
Imprescindible en Batumi, Georgia
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