¿Cuántas veces tengo que perder un autobús para empezar a salir con más margen? Ayer, en Chișinău, el último contratiempo antes de irme fue una tarjeta de transporte que no cargó bien y una cola que no avanzaba. No era grave. Era el tipo de cosa pequeña que, acumulada con lo de hace trece días y lo de hace quince y lo de hace diecinueve, te deja con la sensación de que la logística te tiene manía personal.
Llegué a Batumi al mediodía, después de dos horas en el aire. La luz aquí es diferente: más blanca, con algo marino que no esperaba, porque sabía que el Mar Negro estaba cerca pero no lo había procesado del todo hasta verlo desde el paseo. El calor tampoco era el mismo calor moldavo, más pegajoso y sin brisa. Aquí mueve el aire.
En la cola para salir me pidió una foto una pareja, turistas polacos según el pasaporte que asomaba del bolsillo de él. Los retraté delante de un cartel con letras georgianas que ninguno de los tres sabíamos leer. Terminamos hablando varios minutos de qué ver en la ciudad. Él recomendó el bulevar, ella el funicular, yo no recomendé nada porque era mi primer día y no tenía autoridad para nada. Nos deseamos suerte con el tono neutro de gente que sabe que no se va a volver a ver.
El bulevar existe y es raro. Hay palmeras, hay un parque de atracciones que funciona aunque no sea fin de semana, hay edificios nuevos con fachadas de espejo que reflejan el mar y quedan bien en foto pero que de cerca huelen a obra reciente y sellador. Caminé hasta que los pies me avisaron que llevaban dos horas de pie desde antes de subir al avión.
Comí en un sitio del centro, cerca del casco histórico, en una de esas calles del barrio conocido como el núcleo de restaurantes locales alrededor de la calle Fridon Khalvashi. El nombre en el cartel era en georgiano y en inglés y la carta también, lo cual me pareció eficiente. Pedí khachapuri, que es básicamente pan con queso fundido y huevo encima, una combinación que cualquier persona con sentido común habría inventado antes si viviera en un sitio donde hace frío seis meses al año. El que llegó a la mesa era grande, sobre madera oscura, con el queso todavía burbujeando en los bordes y el huevo ligeramente crudo en el centro. La mesa tenía migajas de la persona anterior que el camarero no había limpiado del todo pero el khachapuri compensaba sobradamente.
No estaba seguro de cómo se come. Vi a la pareja de la mesa de al lado usando las manos y rompiendo los bordes del pan para mezclar todo con el interior derretido. Hice lo mismo. El resultado fue manchas de mantequilla en los dos codos y una sensación de que el almuerzo había resuelto algo aunque no supiera exactamente qué.
Mañana veré el funicular. O no. La ciudad parece lo suficientemente pequeña como para que no haya que decidir con demasiada antelación, lo cual, viniendo de un mes con la agenda rota en varios sitios distintos, se siente como un cambio de presión bienvenido aunque no espectacular. El camarero, antes de cobrarme, me preguntó si era mi primera vez en Georgia. Le dije que sí. Asintió con la cabeza como si eso explicara algo, pero no añadió nada más, y yo tampoco pregunté.
Afuera, el sol pegaba en el asfalto con esa intensidad de primera tarde de verano que hace que todo parezca ligeramente sobreexpuesto.
Imprescindible en Batumi, Georgia
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