Saqué la mano del bolsillo derecho del pantalón y ahí estaban las llaves, el teléfono, un papel doblado en cuatro con la dirección de una panadería que alguien había recomendado hace varios días, y el hueco exacto donde deberían estar los billetes pequeños. Recordaba perfectamente haber metido dos billetes de diez lei antes de salir. Los puse yo, los vi, y ahora no están.

Revisé el bolsillo izquierdo, la mochila, el bolsillo trasero. Nada. Lo que no encontré tampoco fue la sensación de haberlos gastado: no compré nada esta mañana, no pagué ningún transporte, no dejé propina en ningún sitio. Simplemente se fueron, y la única explicación decente que se me ocurre es que se me cayeron en algún punto de la acera del Bulevard Dacia mientras buscaba el papel ese de la panadería. Veinte lei son unos once euros. No es nada. Es también suficiente para molestar durante exactamente el tiempo que tardé en aceptar que no iban a aparecer.

La panadería existe, por cierto. Está metida entre un local de reparación de teléfonos y algo que no supe identificar bien, quizás una especie de oficina de cambio que ya no funciona, con los carteles de divisas aún pegados en el cristal pero los números sin actualizar desde hace tiempo. La mujer detrás del mostrador no me miró cuando entré ni cuando pedí. Me puso encima del cristal un trozo de plăcintă cu brânză envuelto en papel vegetal y ya. El relleno era más salado de lo que esperaba y la masa tenía una textura casi cruda en el centro, ese punto que en otro contexto sería un error y aquí claramente no lo es, porque el sitio llevaba abierto desde las ocho y ya había muy poco en la bandeja.

Chisinau un domingo tiene un ritmo que no parece del todo elegido. La gente camina por las aceras con una determinación extraña para ser fin de semana, como si fueran a algún sitio importante pero sin apuro, y los edificios de apartamentos observan todo esto con esa neutralidad gris que tiene el hormigón cuando lleva décadas expuesto a la lluvia. El cielo hoy estaba cerrado, uniforme, sin drama, y eso le daba a la calle una especie de permanencia que me resulta difícil de explicar pero que se nota: aquí todo parece estar ocurriendo al mismo tiempo que ocurrió hace veinte años.

No fui al Monumentul Miorița a propósito. Pasé cerca, lo vi desde la distancia y seguí. Hay cosas en esta ciudad que funcionan mejor si no las encaras directamente. El monumento está ahí, enorme y desconcertante, al lado de un restaurante de sushi que tiene un neón de samurái en la puerta, y la combinación es tan descarada que da cierta pereza analizarla. Prefiero la Roata Vremii desde abajo, esa mole de hormigón brutalista que parece calculada para que nunca sepas exactamente qué función tiene.

El papel con la dirección de la panadería sigue en mi bolsillo. Ahora tiene también una mancha de aceite de la plăcintă. No voy a tirarlo todavía, aunque ya no tenga ninguna utilidad práctica. Es el tipo de objeto que en algún momento de la semana acabará en el fondo de la mochila, debajo de los auriculares y el cargador, y lo encontraré en otra ciudad y no recordaré inmediatamente de dónde es.

Los veinte lei siguen sin aparecer. Esta tarde no los he pensado demasiado, salvo ahora mismo.

Imprescindible en Chisinau, Moldavia

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