El cielo sobre Chișinău tiene esa blancura particular de los días sin nubes pero sin sol tampoco, como si la luz viniera de todas partes a la vez y no calentara nada. Estaba sentado en un banco cerca del borde del parque Ștefan cel Mare, en esa franja donde los árboles se acaban y empieza una explanada de hormigón que no lleva a ningún sitio concreto, y me di cuenta de que había perdido el trozo de papel donde apunté la dirección que me dio Dumitru.

Ayer me dejó tirado en la calle con el móvil sin batería, me indicó una ruta por un callejón que yo no había visto en ningún mapa y luego desapareció. Y yo, en vez de anotar la dirección en el teléfono cuando lo cargué, lo escribí en el reverso de un ticket de la marshrutka. Ese ticket ya no está. Revisé la mochila dos veces, el bolsillo lateral, la funda del pasaporte. Nada. Veinte o treinta lei moldavos en papel que probablemente está en el suelo de algún minibús.

No voy a decir que importa mucho. Lo que me molesta es la costumbre, no la pérdida. Que sea siempre algo pequeño. Siempre exactamente lo suficientemente pequeño para no justificar el enfado pero lo suficientemente irritante para no olvidarlo del todo en lo que queda del día.

La explanada sigue ahí. Hay una mujer que pasa con un carrito de supermercado lleno de bolsas de plástico naranja y no hay ningún supermercado visible en un radio razonable. Un perro cruza despacio, sin interés en nadie. Las farolas todavía tienen puestos los carteles de alguna festividad de la semana pasada, esos banderines de plástico amarillo y azul que el viento ya ha ido torciendo hasta dejarlos apuntando todos en la misma dirección, que es hacia abajo.

Por aquí el sábado se parece bastante al martes. Eso no es una queja, es una observación. Las ciudades que tienen el mismo ritmo todos los días de la semana son más honestas que las que se disfrazan el fin de semana.

Lo del ticket me da vueltas porque Dumitru mencionó algo sobre la calle, sobre que había vivido ahí veinte años y nunca la había visto en Google Maps. Yo le dije que eso no era posible. Él se rió, con esa risa corta de la gente que sabe que tiene razón pero no va a discutirlo. No sé si la calle existe o si existe en los términos en que él la describió, y ya no tengo la dirección para comprobarlo. Se quedó en un trozo de papel en un minibús.

Hace un rato, en el otro extremo del parque, había un hombre joven con un portátil encima de los muslos, en un banco, hablando por auriculares con alguien a quien parecía explicarle algo con urgencia técnica, usando palabras que reconocí sin entenderlas del todo. Esas conversaciones sobre algoritmos y predicciones que suenan igual en cualquier idioma porque en el fondo son el mismo cuatro o cinco argumentos circulando desde hace años. No me acerqué. Me quedé donde estaba.

El banco tiene una pata trasera izquierda que se hunde un centímetro en la tierra blanda y eso hace que todo esté ligeramente inclinado. Llevo aquí un buen rato y todavía no me he movido para buscar otro sitio.

Imprescindible en Chisinau, Moldavia

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