El móvil se murió a las tres de la tarde, justo cuando intentaba localizar una calle que alguien me había garabateado en un papel hace dos días. Sin batería, sin orientación, parado en una acera de Botanica con el papel en la mano y la letra tan pequeña que no distinguía si decía «Grenoble» o «Granoble», que no es ninguna calle, evidentemente.
Paré a un señor con una bolsa de supermercado en cada mano y le mostré el papel. Tardó unos segundos en leer, frunció el ceño como si la letra le ofendiera también a él, y luego señaló hacia un callejón lateral que yo habría pasado de largo sin dudarlo. «Por ahí», me dijo, y continuó su camino sin esperar nada. El callejón tenía las paredes descascaradas de ese amarillo ocre que se ve por todo Chișinău, ese amarillo que en otra ciudad parecería descuido y aquí simplemente parece honesto. Al fondo había una pequeña tienda con las persianas medio bajadas y un gato sentado encima de una caja de cartón como si llevara años en ese cargo.
Llegué al sitio que buscaba, que resultó ser una especie de librería con pretensiones de café: tres mesas, una vitrina con pastelería demasiado ordenada para ser buena, y unos estantes con libros en rumano, ruso y alguno en inglés con el lomo tan decolorado que ya no se leía el título. Pedí un café. Estaba bien pero no era para tanto, de esos cafés que cumplen su función sin emocionarte, lo cual a estas alturas del día me pareció suficiente.
Me senté con el papel todavía en la mano y pensé en Dumitru. Ayer fue raro. No incómodamente raro, sino de ese tipo de raro que no sabes si procesar o simplemente dejar quieto. La cena, la manera en que me miraba, las preguntas que hacía sobre sitios que yo nunca había visitado, sobre personas que no conozco. Como si yo fuera otra persona que él recordaba con bastante detalle. No me preguntó si yo era esa persona. Lo daba por hecho, y eso es lo que me sigue dando vueltas: no hubo duda en él, ninguna. Solo esa certeza tranquila y un poco perturbadora de alguien que cree que te conoce desde hace tiempo.
Podría volver al restaurante. Podría preguntarle. Pero lo he estado pensando desde esta mañana y creo que no voy a hacerlo, y no porque me dé miedo la respuesta sino porque creo que la respuesta no existe, o que si existe no va a cambiar nada concreto. Dumitru tiene una historia en la cabeza y yo soy un personaje que encaja en ella. Eso ya ocurrió. Ya forma parte de ayer.
El café me dejó los posos bastante arriba en la taza, lo cual no sé si dice algo del método de preparación o de que simplemente no lo revolvieron bien. La chica que lo trajo tenía un tatuaje en la muñeca de un pájaro con las alas rotas, lo cual me pareció una elección valiente o una elección hecha con diecisiete años, probablemente ambas cosas.
Salí cuando la luz ya bajaba y los hangares al otro lado de la ciudad empezaban a volverse naranjas con esa claridad aplastada del atardecer moldavo, todo muy horizontal, muy sin árboles que interrumpan. Caminé por la calle que me había indicado el señor de las bolsas y me di cuenta de que efectivamente no la conocía, que era más larga de lo que parecía desde la esquina, y que tenía otro gato, este en el umbral de un portal, completamente inmóvil, mirando algo que yo no veía.
Imprescindible en Chisinau, Moldavia
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