Llegué a Bulevardul Dacia con la intención de no hacer gran cosa: sentarme en algún sitio, tomar algo que no fuera café de máquina, dejar que el jueves pasara despacio. Hace nueve días perdí una mochila pequeña en un microbús y todavía noto su ausencia cada vez que busco algo en el costado donde no está. Cosas así te dejan con una sensación de sustracción lenta, como si la ciudad fuera desmontándote poco a poco. Pero eso era el martes de hace nueve días, y hoy el calor de Chisinau tiene esa cualidad cargada y quieta que tienen las ciudades de interior cuando el verano llega sin avisar.
La cena la organizó un hombre que se llama Dumitru. Me llegó la invitación a través de un conocido del hostel, uno de esos contextos donde sería raro decir que no, y fui sin entender bien a qué iba. El apartamento estaba en un bloque de los años setenta cerca de Strada Independenței, con una fachada que no anuncia nada y un interior que sí: muebles pesados, una alfombra persa genuina o muy buen facsímil, tres personas sentadas ya cuando llegué. Todo correcto hasta ahí.
El problema empezó cuando Dumitru me miró como si me reconociera y empezó a hablarme con una familiaridad que yo no podía seguir. «Sabía que volverías», dijo en un momento dado, mezclando rumano y ruso con el poco inglés que compartíamos. Yo no había estado en Chisinau antes de este viaje, eso es seguro. Intenté aclararlo dos veces y las dos veces él asintió con la cabeza de una forma que quería decir "ya, ya" pero que en realidad quería decir que no me creía. Me sirvieron primero a mí. Me ofrecieron el mejor pedazo de algo que era carne con salsa de nuez. La mujer que cocinaba, que no dijo su nombre en toda la noche, me trajo una segunda porción sin que yo la pidiera.
Hay algo desconcertante en recibir atenciones que no te corresponden. No incómodas en el sentido de amenaza, sino incómodas en el sentido de que no encuentras el registro correcto para responder. Dumitru me preguntó por alguien: un nombre que no reconocí, un patronímico que no pude retener. Dijo que ese alguien había trabajado en los noventa en algo relacionado con el gobierno, que tenía mi mismo color de ojos, que había desaparecido de la ciudad sin decir adónde. Yo asentí con cuidado, comí la carne con nuez, bebí el vino que servían sin etiqueta en una jarra de cerámica. En un momento de silencio vi por la ventana que daba al patio interior un niño jugando con una linterna aunque todavía no era de noche.
La conversación siguió dando vueltas alrededor de ese fantasma al que yo aparentemente me parecía. En un momento Dumitru sacó una fotografía de un cajón, como si la tuviera ahí lista, y me la mostró. La imagen era borrosa y el hombre en ella podría haber sido cualquiera. «¿Lo ves?», dijo. Vi una silueta de los noventa con un traje de corte soviético. No sé qué se supone que debía ver.
Me fui antes de las diez. Caminé por Strada Independenței hacia el Dniester, no porque fuera en esa dirección sino porque quería aire y el río quedaba allí. La luz del atardecer bajaba oblicua sobre los campos del otro lado, esa franja de terreno llano entre la ciudad y el agua que parece de otro siglo. Me quedé parado un rato mirando cómo la corriente arrastraba algo que no pude identificar: una bolsa, quizás, o una rama. Pensé en la mochila pequeña del microbús. Pensé en el hombre de la fotografía borrosa. Me pregunté si Dumitru estaría ahora contándoles a los demás que había aparecido por fin, y la idea tenía algo que era difícil de nombrar sin que sonara mal.
Imprescindible en Chisinau, Moldavia
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