«La billetera, ya», me dijo el hombre de la mesa de al lado, señalando el suelo con la barbilla sin levantar la vista de su café. Tardé dos segundos en entender que me hablaba a mí, y otros tres en darme cuenta de que tenía razón: no estaba.

La había visto ayer, durante ese encuentro raro que todavía no sé cómo clasificar, cuando un tipo en el parque Stefan cel Mare me preguntó si tenía fuego y se quedó veinte minutos hablando de la línea de trolebuses que ya no existe. La saqué para enseñarle una foto, o para buscar algo, no recuerdo bien, y debí dejarla encima del banco. Esta mañana, en la cafetería de la calle Armenească donde sirven el cortado en vasos de cristal con asa metálica, el inventario fue rápido y brutal: sin billetera, sin el carné de biblioteca que había sacado hace cuatro días como experimento, sin los cuarenta y tantos lei que guardaba en efectivo para los trolleybuses.

El hombre de la mesa de al lado volvió a su café. No hubo más conversación. Eso me pareció lo más honesto de la mañana.

Fui a la comisaría que está sobre Pushkin, la calle larga y arbolada donde los tilos ya están en flor y el olor es denso y un poco medicinal, incómodo si llevas prisa. El trámite duró cuarenta minutos y produjo un papel con sello que no sirve para nada práctico, según me explicó el funcionario con la amabilidad neutra de quien lo repite cinco veces al día. Lo que importaba, me dijo sin que yo lo preguntara, era si había documentos dentro. Solo el carné de la biblioteca municipal, que además técnicamente me habían prestado. Eso generó una pequeña conversación burocrática que no quiero reproducir aquí porque me dejó cansado.

De vuelta hacia el centro, crucé el parque y miré el banco donde había estado ayer. Vacío, claro, excepto por una paloma que se marchó sin mucho drama. La billetera no iba a aparecer, y saberlo con certeza tiene algo de útil aunque no de agradable.

Por la tarde tomé el trolebús 22 hasta el extremo sur, donde la ciudad se termina de manera abrupta y el valle del Dniéster aparece sin previo aviso: colinas bajas cubiertas de verde oscuro, el río describiendo una curva lenta bajo un cielo completamente tapado de nubes grises, sin un solo recorte de luz. No es un paisaje que pida nada. Está ahí, ancho y sin pretensiones, y eso lo hace más fácil de mirar que muchas cosas más espectaculares. Me quedé en el mirador unos quince minutos. Un perro sin collar se acercó, olisqueó mis zapatos, y se fue hacia los arbustos. Nadie más.

Lo del encuentro de ayer quedó resuelto de la peor manera posible: sin resolución. El hombre de los trolebuses era un detalle suelto en un día que se convirtió en otra cosa. No sé si me dejó la billetera en el banco por descuido mío o por algo más calculado; la segunda opción me parece improbable pero no del todo descartable, y eso dice más de mi estado de ánimo que de él.

El papel con sello burocrático está ahora en el bolsillo interior de la mochila, doblado en cuatro. El cortado de esta mañana, en cambio, estaba bien, mejor que los de los últimos días, con una crema espesa que no se hundía. Es lo que hay: un papel inútil y un café que funcionó. El río seguía ahí cuando tomé el trolebús de vuelta, invisible desde dentro, pero yo sabía que estaba.

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