Hay una librería de segunda mano en la parte baja de Johnson Street que tiene las estanterías organizadas según una lógica que no he podido descifrar en dos horas. No es por sección temática, no es por autor, tampoco por tamaño de volumen, aunque al principio lo sospeché. Hay un libro de mecánica cuántica entre dos novelas de Danielle Steel y una guía de aves del Pacífico noroeste de 1987 encajada entre algo sobre derecho tributario canadiense y una colección de poesía en holandés. Nadie en ese local puede explicarme por qué.
Entré porque andaba buscando algo concreto: un manual técnico sobre automatización de procesos, el tipo de libro que en cualquier ciudad grande encuentras en quince minutos y que aquí, al parecer, no existe o existe disfrazado de otra cosa. Tengo cierta obsesión con esos libros, los que hablan de cómo los flujos de trabajo reales se pueden replantear con herramientas concretas, no los que te explican que la inteligencia artificial va a cambiarlo todo sin decirte exactamente cómo ni en qué orden. Esos los odio. Pensé que en una librería de segunda mano con techos altos y cajas sin clasificar había posibilidades. Me equivoqué, pero tardé demasiado en aceptarlo.
El problema con los locales así es que no puedes irte rápido. Cada pasillo promete resolver el anterior. Estuve veinte minutos en una sección que alguien había etiquetado a mano como «Ciencias/Filosofía/Varios» y que contenía, entre otras cosas, un libro de recetas para diabéticos y un catálogo de cruceros del Mediterráneo de 2003. El tipo que estaba sentado detrás del mostrador de madera al fondo, con una taza de algo que olía fuerte a menta, no levantó la vista en ningún momento salvo una vez, cuando le pregunté si tenían alguna sección de tecnología aplicada. Me miró con la expresión de quien oye un idioma que conoce pero no practica y señaló vagamente hacia la izquierda. A la izquierda había jardinería.
Lo que sí encontré, porque siempre se encuentra algo que no buscas, fue un intercambio breve con otra persona que estaba revisando la misma estantería. Me preguntó si yo era el que había llamado esa mañana para preguntar por libros de fotografía análoga. Le dije que no. Hubo un silencio de dos segundos donde ambos procesamos que ninguno de los dos era quien el otro pensaba, y después cada cual siguió mirando lomos. Eso fue todo. Hace tres días tuve un problema con una tarjeta que me costó tiempo y paciencia que todavía no he recuperado del todo, así que no estaba con el humor de elaborar.
El fin de semana largo hace que el tráfico en el local sea raro: mucha gente que entra, mira diez minutos y se va sin comprar nada, como si fuera un paseo. Yo no soy ese tipo de persona, o no quiero serlo, pero a las dos horas me di cuenta de que estaba siendo exactamente ese tipo de persona, solo que con más determinación y peor resultado.
Al final compré una cosa. No el manual que buscaba sino un librito delgado de 1994 sobre gestión de sistemas de información que tiene el lomo roto y tres páginas con anotaciones a bolígrafo azul de alguien que claramente no estuvo de acuerdo con el autor en el capítulo cuatro. Costó dos dólares. No sé si lo voy a leer completo, pero las anotaciones son mejores que el texto original, eso ya lo puedo decir.
Salí con el librito bajo el brazo y la luz de la tarde entrando sesgada por las ventanas de la fachada. El tipo del mostrador seguía con su taza de menta y su indiferencia profesional.
Imprescindible en Victoria, Canadá
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