La paloma sigue ahí. Bueno, no físicamente, pero tampoco del todo ausente: ayer me pasé media mañana sacudiendo la mochila en el parque con la esperanza de que se fuera por las buenas, y sí, al final se fue, pero dejó algo detrás que prefiero no describir en detalle y que básicamente arruinó el bolsillo lateral donde guardo los auriculares. Los auriculares están bien. El bolsillo huele a algo que no tiene nombre en español.

Con eso encima, literalmente, salí hacia Government Street porque necesitaba caminar y porque quedarme en la habitación contando las grietas del techo era la otra opción y esa tampoco tenía mucho futuro. Government Street a mediodía en los últimos días de agosto es una cosa muy particular: hay gente por todos lados, escaparates con bufandas de lana y camisetas de "I love Victoria" en el mismo rack, y un zumbido general de tarjetas de crédito que no son la mía. Las tiendas están diseñadas para que entres aunque no vayas a comprar nada, con las puertas abiertas y ese frío artificial que te invita, y yo entré a tres o cuatro de ellas solo para no pagar nada y salir al calor de nuevo, que es una forma bastante triste de pasar el rato, lo sé.

En una de esas tiendas, una señora de unos sesenta años con sombrero de paja me paró en la entrada y me preguntó si yo trabajaba ahí. Le dije que no. Me miró de arriba abajo con una expresión que combinaba decepción y escepticismo en proporciones iguales, como si mi negativa fuera sospechosa, y luego señaló hacia el interior y dijo que quería saber si tenían más tallas del jersey verde que estaba en la vitrina. Le expliqué, de nuevo, que no trabajaba ahí. «Pero llevas una mochila grande», dijo, como si eso fuera el uniforme oficial del comercio minorista en Columbia Británica. Me encogí de hombros y me fui. La mochila, que huele a paloma y a traición, supongo que tiene ese efecto.

Me senté un rato en un banco cerca de Fort Street, en esa zona donde los cafés tienen pizarras con letras de colores anunciando lattes especiales por nueve dólares. Nueve dólares. Me quedé mirando la pizarra el tiempo suficiente para que el barista de la puerta me preguntara si quería ver el menú, y yo le dije que no, gracias, que solo estaba descansando, lo cual es verdad pero suena raro dicho así, en voz alta, delante de un café al que no vas a entrar. Hay una especie de código no escrito en estas calles comerciales que dice que sentarse sin gastar es tolerable pero solo hasta cierto punto, y yo llevaba ya un rato pasando ese punto.

La ciudad tiene ese tono de fin de temporada que todavía no ha llegado del todo pero ya se anuncia: hay algunos locales con carteles de "rebajas de septiembre" y los puestos de helados cerca del puerto tienen colas más cortas que hace dos semanas. No es que Victoria se vacíe, pero hay algo en el aire que empieza a ceder, como cuando una reunión termina y la gente ya está recogiendo los abrigos aunque nadie lo haya dicho todavía. Dentro de tres días es el fin del verano oficial, según el calendario, y la ciudad parece saberlo antes que los turistas.

Volví al hostal a media tarde por el mismo camino, pasando por la misma tienda. La señora del sombrero de paja ya no estaba. El jersey verde seguía en la vitrina.

Imprescindible en Victoria, Canadá

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