«Quieto», le dije a la paloma. Llevaba ya diez minutos posada encima de mi mochila como si el parche de tela verde le recordara a algún árbol de su infancia, y yo no tenía ganas de hacer el ridículo intentando espantarla con la mano y tirando el café de paso. Así que la dejé. Abrí el croissant por la mitad, empujé el plato dos centímetros hacia la derecha para alejarla sin rozarla, y pensé en cuántas veces en estos últimos días me habían pasado cosas que tampoco pude resolver con un gesto limpio.
Ayer algo se fue por las tuberías, técnicamente hablando, y costó dinero arreglarlo o esquivarlo, que para el caso es lo mismo. Hace cinco días fue otra sangría. Hace ocho, otra. Llevo contando y recontando desde que me senté aquí, en este mostrador largo de Sol Fine Foods sobre Jutland, mirando las bandejas de pan apiladas detrás del cristal mientras una chica con delantal morado cobra sin mirarme a los ojos, lo cual no me molesta, cada uno tiene su ritmo de mañana. El croissant estaba bien. No como para escribirle una carta, pero honesto: hojaldrado de verdad, sin esa textura de esponja industrial que tienen los de los hoteles. Me lo comí despacio porque tenía tiempo, no porque quisiera saborear el momento.
Lo que no hice hoy: no reservé nada. No abrí el buscador de conexiones porque sé perfectamente lo que voy a encontrar y lo que me va a costar y lo que me va a dejar en el bolsillo al otro lado, que es básicamente nada. Ciento cuatro dólares es una cifra que parece de chiste hasta que te quedas mirándola fijo y ves que no parpadea. No es catastrófico si no te mueves. Es catastrófico si decides que tienes que estar en otro sitio antes del lunes. Labour Day cae el domingo que viene y los precios de todo suben como si el fin del verano fuera una festividad que hay que pagar dos veces. Hoy me quedo. No como filosofía de viaje, sino como aritmética básica.
La paloma seguía ahí cuando me levanté a buscar más servilletas. Al volver, vi que alguien le había sacado una foto con el móvil, ese alguien siendo un hombre de unos sesenta años con mochila de senderismo y cara de estar en Victoria de paso. Le agradecí internamente que no me preguntara si era mía.
Hay una pieza de madera tallada bastante grande cerca del Bridge Street que llaman el Poste de la Historia de la Creación, y la fui a ver a media mañana porque estaba en la misma dirección que el único cajero que acepta mi tarjeta sin comisión desorbitada. El poste impresiona más de lo que pensaba, no en el sentido de que me dejara boquiabierto, sino en el de que es más alto y más denso en detalles de lo que las fotos transmiten. Me quedé cinco minutos. Habría estado más si no empezara a llover esa llovizna fina que en Victoria no parece lluvia pero te moja igual.
En Barcelona cuando llovía así tampoco te mojabas al principio, y luego llegabas a casa con el pelo chorreando sin saber exactamente cuándo había pasado. No sé por qué se me vino ahora. Probablemente porque el olor del asfalto mojado aquí es igual, o casi, y el cerebro hace esas conexiones raras sin pedir permiso.
Volví al punto de partida, es decir, a ningún sitio en especial, con la mochila ligeramente más húmeda de lo que me gustaría. La paloma ya no estaba, lo cual supongo que es lo más sensato que ha hecho ninguno de los dos hoy.
Imprescindible en Victoria, Canadá
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