Aterricé en Edmonton con la tarde ya empezando a doblar hacia el frío y ciento cuatro dólares canadienses en la cuenta. No ciento cuatro como cifra redonda reconfortante: ciento cuatro después de que las últimas dos semanas me hayan costado, sumando con los dedos, casi ciento setenta entre averías, imprevistos y un par de situaciones que todavía no sé cómo clasificar. El patrón ya lo conozco: contratiempo, pérdida, fallo del sistema, repetir. Hace cinco días fue lo del sistema otra vez. Estoy en el punto en que ya casi espero el siguiente golpe como se espera el número de autobús.

Victoria quedó atrás esta mañana. Edmonton, en cambio, huele a hierba recién cortada y a fritanga de feria, que no es una descripción poética sino literal: llegué al centre-ville con el Labour Day en plena marcha y Whyte Avenue tenía esa energía específica de la ciudad que sale a la calle porque le han dado el día libre. Sillas plegables en todos los colores posibles, un escenario pequeño al fondo donde un grupo tocaba algo que no identifiqué, y una cantidad notable de canadienses con gorras de béisbol tomando café de vaso de cartón con esa placidez casi filosófica que tienen cuando hace sol.

Me quedé parado en la acera más tiempo del necesario, calculando. Ciento cuatro dólares en una ciudad nueva un lunes festivo significa que los restaurantes están cerrados o con precios inflados, que los supermercados tienen cola, y que conviene averiguar dónde está el corredor de Calgary Trail antes de que se haga de noche, porque ahí las opciones son baratas y concretas: Emgees, The Biryani Box, sitios donde un plato decente no te destruye el presupuesto. Eso es lo que tenía en la cabeza mientras la gente a mi alrededor celebraba sin aparente preocupación aritmética.

La rotonda del Legislativo de Alberta fue una casualidad de ruta, no un plan. Llegué cuando ya cerraban, con el sol pegando bajo y la cúpula con esa luz cobriza que tiene el final del día en las praderas. El guardia, un tipo con bigote y cara de llevar ocho horas de turno, me miró, miró el reloj, y dijo algo así como que tenía cinco minutos si iba rápido. No sé qué interpretación darle a eso: generosidad genuina, desgana de final de jornada, o el reflejo de alguien que prefiere no discutir. Me los tomé de todas formas. La rotonda iluminada desde abajo tiene columnas que parecen demasiado blancas para ser reales, y el silencio dentro, con el ruido del festejo filtrándose desde afuera, era de un contraste bastante absurdo. Cinco minutos a solas en un edificio de gobierno el día del trabajo. Hay algo ahí que no voy a esforzarme en nombrar.

Salí antes de que el guardia tuviera que decirme nada. Por 89 Avenue pasé junto a unas esculturas de bronce, figuras humanas en círculo que llevan ahí desde los años ochenta y que nadie miraba ese lunes, todos demasiado ocupados con sus sillas plegables y sus perros con pañoleta. Me pareció justo.

El resto de la tarde fue reconocimiento de terreno, que es la forma educada de decir que caminé hasta que me dolieron los pies intentando entender cómo funciona esta ciudad y dónde están las grietas aprovechables. Edmonton no es bonita en el sentido convencional, tiene esa honestidad de las ciudades que crecieron rápido y no se preocuparon demasiado por la estética, lo cual, con ciento cuatro dólares, se agradece más que el encanto. El encanto sale caro.

La biryani del cajero de Calgary Trail costó nueve con cincuenta. Noventa y cuatro con cincuenta.

Imprescindible en Edmonton, Canadá

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