Ayer por la noche, en la rotonda del Legislativo, había una luz que venía del suelo, de unas rejillas de latón o lo que fuera, y la cúpula la multiplicaba de una manera que no esperaba. El guardia me había dicho que tenía diez minutos, y yo me quedé quieto en el centro mirando hacia arriba sin saber exactamente qué estaba mirando. No era grandioso. Era raro, más bien. Una sala diseñada para que la gente se sienta pequeña dentro de un edificio que financia cosas aburridas. Eso pensé, y me fui antes de que terminaran los diez minutos porque no sabía qué hacer ahí solo.

Hoy me alejé de eso. Del Legislativo, del río, de la parte de Edmonton que sale en las fotos oficiales. Caminé hasta Calgary Trail NW porque alguien en el hostel me había mencionado la calle, no como recomendación turística sino como un comentario de pasada, y ese tipo de información suele ser más honesta que cualquier lista curada.

La calle no tiene pretensiones. Letreros en árabe, en tagalo, en lo que podría ser amhárico aunque no estoy seguro, comercios que venden tres cosas distintas sin que ninguna explique del todo a qué se dedican. Hay un autobús que pasa y frena y nadie espera que aceleres. Entré en Emgees, en Calgary Trail NW, porque el menú pegado al cristal tenía los precios escritos a mano encima de los impresos, lo cual normalmente significa que los precios han subido y no han querido reimprimir. Lo cual también significa que el sitio lleva tiempo ahí y que el tiempo cuesta.

Pedí lo que me recomendó la mujer detrás del mostrador, que fue un guiso de pollo sobre arroz de grano largo, y me lo dijo en un inglés muy directo que no admitía réplica. No le pregunté el precio antes de pedirlo, que fue un error mío, y resultó ser nueve dólares con cincuenta. Lo comí. Estaba bien, concreto, sin ambigüedades, con una especia que no identifiqué pero que dejó un calor en la parte de atrás de la garganta que duró veinte minutos. No lo pediría otra vez no porque estuviera malo sino porque con ciento cuatro dólares en total no puedo permitirme el lujo de repetir lo que ya conozco.

Lo que me interesa de Calgary Trail NW, y lo que ningún comentario que había leído mencionaba, es el ritmo concreto de la acera. No hay tourists que parar o esquivar. La gente lleva bolsas de plástico o bolsas de tela estampadas, va a algún sitio, no mira los escaparates. Un hombre mayor con una gorra de béisbol verde lima salió de una tienda de alimentación con un paquete de papel de aluminio bajo el brazo y no miró a nadie. Eso, para mí, es la información más útil de un barrio: si la gente que vive ahí tiene aspecto de tener cosas que hacer.

Me planteé ir al Biryani Box, que está un poco más al norte en la misma calle, pero después de los nueve cincuenta y antes de calcular cuánto me quedan de aquí a la próxima vez que ingrese algo, no quise tentar más el presupuesto. Volví caminando por la misma acera, que tiene algunos tramos donde las baldosas están levantadas y no es evidente por qué nadie las ha arreglado, y llegué al alojamiento con los pies algo cansados y la cuenta del día más o menos controlada.

El Legislativo seguía ahí cuando pasé cerca, desde lejos, con su cúpula verde. No se me ocurrió nada nuevo sobre él.

Imprescindible en Edmonton, Canadá

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