El adoquín de esta callejuela del casco antiguo está húmedo todavía, como si la lluvia de anoche no hubiera terminado de irse, y camino con cuidado porque las suelas de estas zapatillas llevan semanas sin dar confianza en superficies mojadas. Hace frío para ser finales de mayo. El cielo está tan blanco que duele mirarlo.
Antes de salir tuve que parar en la parada del tranvía número tres y esperar veinte minutos porque cortaron el tráfico por obras en el cruce con Konstitucijos. Un hombre mayor con un perro salchicha también esperaba, sin mirar el teléfono, sin hacer nada, con una paciencia que yo no tengo. Al final fui caminando, que era la opción obvia desde el principio.
Hay algo en estas calles estrechas que sí termina de cuadrarme. Son pasajes torcidos, sin orden, con fachadas de colores apagados y guirnaldas de farolillos de papel colgando de un edificio a otro, como si alguien hubiera querido alegrar el gris desde arriba. Funcionan bien como espacio para perderse, eso sí. No las llamaría útiles. Las llamaría bonitas, casi a su pesar.
Llegué a Laimio kalnas por accidente, más o menos: busqué un banco donde sentarme un momento y encontré la colina con sus candados y sus cintas de colores y esa especie de instalación colectiva que no sé muy bien cómo clasificar. Me senté igual, en el borde de un murete que hay abajo. Y ahí, sin mucho protocolo, hice lo que llevaba días posponiendo: dejar de darle vueltas a cosas que ya no tienen vuelta. Hay decisiones que uno toma sin darse cuenta y que solo necesitan que las digas una vez para que sean de verdad. Ya está. Cerrado. No voy a seguir abriendo cajones que están vacíos.
Lo de la fiesta de anoche me costó más de lo que esperaba, pero de una manera distinta a como imaginé. Un chico del hostal, Tomas, me encontró en el pasillo cerca de las ocho y media, justo después de que yo publicara el artículo y la foto de ayer, con cara de estar resolviendo un problema logístico, y el problema logístico resultó ser yo: necesitaba cuerpo de relleno para un cumpleaños de un amigo suyo al que yo no conocía de nada. Fui porque no tenía un argumento sólido para no ir y porque me pareció que quedarme mirando el techo de la habitación era peor opción. El apartamento estaba en Žirmūnai, cruzando el río, tercera planta sin ascensor. Había quizás quince personas. Nadie hablaba inglés con mucha gana, y yo no hablo lituano, así que pasé parte de la noche de pie junto a una estantería con libros de derecho administrativo y otra parte comiendo unas galletas de sésamo que alguien había puesto en un plato sin identificación. No fue malo. No fue gran cosa tampoco. Volví al hostal antes de medianoche con los pies fríos y la certeza de que Tomas ya no se acordaba de que yo había ido.
Esta mañana, sentado en Horizontas con un café que costó dos euros veinte y que venía con una servilleta de papel que se deshacía al tocarla, tomé la decisión que ya había tomado mentalmente pero que necesitaba decirme en voz baja: quedarme en Vilnius unos días más, no salir corriendo a la siguiente ciudad, dejar que esta me cuente algo antes de pasar página. Que los farolillos de la callejuela hagan su trabajo y yo el mío, que es estarme quieto un rato. El café estaba bien, por cierto. Tibio más de lo que me gusta, pero bien.
El ciclista que pasó por la calle justo cuando yo salía del café casi me roza el codo. No dijo nada. Yo tampoco.
Imprescindible en Vilnius, Lituania
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