Hay un banco de piedra cerca de la cuesta que sube hacia la torre de Gediminas donde alguien ha dejado una bolsa de plástico con restos de un bocadillo. Llevo mirándola cinco minutos porque no sé si el dueño sigue por aquí o simplemente la abandonó. Al final, nadie vuelve por ella.
Me senté ahí esta mañana con la intención vaga de subir hasta arriba, ver la ciudad desde donde el río se encoge y los tejados rojos se apilan unos sobre otros, y después bajar sin más. Lo hice, pero despacio, porque las piernas arrastran ese peso particular que tienen cuando llevas días encadenando sitios. No es dolor exactamente. Es más como un recordatorio.
Desde arriba, Vilnius tiene esa distribución que nunca termina de cuadrar bien en la cabeza: una catedral de columnas blancas que parece trasplantada de otro siglo, bloques de edificios soviéticos al fondo que no piden disculpas, y el Neris allá al fondo, quieto y algo verdoso. El cielo cargado de nubes aplana todo un poco, lo cual no está mal. Sin sol directo, los colores son más fieles a lo que son y no a lo que quieren parecer.
Bucharest sigue ahí, pero en un lugar ya ordenado. Los voluntarios, el perro con la pata vendada con lo que parecía una bolsa de basura cortada a tiras porque no tenían gasa, el rato largo en aquella nave con olor a desinfectante barato. Todo eso ya no me pide nada. Lo apunté como cerrado desde que crucé de vuelta y no lo he vuelto a abrir. Fue un buen día, raro, más cargado de lo que esperaba, y ya.
Bajé por el lado de las escaleras viejas, que crujen si pisas cerca del borde, y me metí en una cafetería en la calle Pilies porque tenía que revisar unas cosas y el banco de piedra había empezado a molestar en los riñones. Pedí un café, que llegó con una hoja dibujada en la espuma que en realidad parecía más una medusa que una hoja, y me quedé ahí un rato con el teléfono encima de la mesa.
Fue entonces cuando noté que no estaba el monedero de tela pequeño donde guardo las tarjetas físicas de transporte y cosas así. Revisé la mochila dos veces, los bolsillos de la chaqueta, la solapa interior que casi nunca uso. Nada. Probablemente se quedó en el banco de piedra o se cayó en la cuesta y alguien lo recogió, o simplemente lo dejé en el alojamiento y no lo recuerdo. Había unos doce euros en monedas dentro y una tarjeta de metro de otra ciudad que ya no tenía saldo. No es una catástrofe. Es el tipo de cosa que pasa cuando llevas demasiados días con la cabeza en otro sitio. Lo que me molestó fue no saber exactamente dónde, que es peor que perderlo.
Terminé el café y salí. La calle Pilies a media mañana tiene esa textura de ciudad que todavía no ha decidido a qué velocidad ir: turistas con mapas en papel que ya casi nadie usa, locales que pasan por el centro como por obligación, algún músico con un acordeón que tocaba algo que no reconocí pero que no sonaba mal del todo. Un señor mayor barriendo la acera delante de su local con una escoba de palma que perdía cerdas con cada pasada, y aun así seguía barriendo.
Me quedé parado un momento delante de una librería cuyo escaparate tenía todos los libros en lituano menos uno, que era una guía de cocina italiana de los años noventa con la cubierta descolorida. No entré. Pero la guía de cocina siguió ahí cuando pasé de vuelta por el mismo sitio cuarenta minutos después.
Imprescindible en Vilnius, Lituania
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