Pasé la mañana sin volver al hostal hasta cerca de las once. La noche anterior había terminado en una cocina que no era la mía, con gente que no conocía, porque un tipo llamado Tomas insistió en que fuera a una fiesta de cumpleaños de alguien cuyo nombre ni recuerdo. No fue una mala noche, pero tampoco fue nada. Al día siguiente nadie dejó ninguna nota, nadie preguntó nada, y eso estuvo bien.

Bajé al barrio viejo por la calle Aušros Vartų, que tiene ese suelo de piedra irregular que moja los zapatos si llueve aunque no haya llovido en horas, porque el agua queda atrapada entre los adoquines y no se va a ningún lado. Un hombre mayor barría la entrada de lo que parecía un almacén, aunque detrás del cristal se veían cajas de cartón apiladas sin ningún orden aparente. No me miró.

Entré a una cafetería pequeña cerca de la iglesia de Santa Ana, pedí café y un bollo con semillas de amapola que tenía una forma que pretendía ser un cisne pero parecía más bien un calcetín. El café era correcto, lo cual en Vilnius significa bastante. Me quedé más tiempo del previsto porque afuera empezó a moverse el cielo de esa manera que tienen las nubes aquí, lentas y grises, acumulándose sobre los tejados sin terminar de decidirse.

Fue ahí cuando intenté hacer una transferencia desde la aplicación del banco para mover algo de dinero entre cuentas. La pantalla giró durante cuarenta segundos, después apareció un mensaje en lituano que no entendí, y la operación simplemente no ocurrió. Volví a intentarlo. Mismo resultado. Llamé al número de soporte, que me puso en espera con una música que sonaba a los noventa pero no de la parte buena de los noventa. Después de diecisiete minutos me atendió alguien que confirmó que había un problema técnico en el sistema, que estaban trabajando en ello, y que el dinero no había salido pero tampoco estaba disponible de forma normal. «Puede tardar entre dos y cuatro horas», dijo la persona al teléfono, sin el menor signo de urgencia. Bien.

Salí a caminar con el teléfono en el bolsillo porque no tenía nada más que hacer mientras el sistema hacía lo que tenía que hacer. Crucé el río por un puente sin nombre señalizado y vi Vilnius desde arriba, los tejados viejos apilados en la ladera, el verde grueso de los árboles tapando la mitad de la ciudad, las nubes distribuidas encima de todo como si alguien las hubiera colocado con intención. No es una ciudad que impresione de golpe. Tiene que mirarse despacio, desde cierto ángulo, y aun así no siempre da lo que parece prometer.

Volví a la cafetería, no porque fuera particularmente buena sino porque ya conocía la mesa del fondo y la silla que no tambalea. Pedí otro café. A las cuatro y veinte el banco me mandó una notificación diciendo que todo estaba resuelto, comprobé el saldo, estaba como debía estar. No hubo ningún drama, solo tiempo perdido de una manera bastante específica.

Lo curioso es que el sistema arregló lo suyo y, sin embargo, había cosas del día que ningún sistema podía revertir: la noche en una cocina ajena, los diecisiete minutos de música mala, las horas caminando sin rumbo porque una pantalla giraba en blanco. Quedaban ahí, dentro del día, sin manera de devolverlas. Afuera, la luz de Vilnius duró hasta cerca de las diez, esa luz de mayo que no acaba de irse y que deja todo con una especie de brillo residual, como si el día no quisiera cerrarse del todo pero ya nadie le prestara atención.

Imprescindible en Vilnius, Lituania

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