Salí a comprar una botella de agua y volví con la certeza de que el llavero con la tarjeta del hostel no estaba en el bolsillo derecho. Ni en el izquierdo. Ni en la cremallera interior de la chaqueta, que revisé dos veces con esa concentración inútil de quien ya sabe el resultado.
El llavero era de plástico naranja, con una pequeña letra O grabada que en realidad parecía una Q. Lo había comprado en el mercado de Halės por tres euros hace diez días, más por no quedarme sin nada en el bolsillo que por gusto real. Un objeto de poca utilidad que acababa de costarme otro billete de cinco en la recepción para que me hicieran una copia nueva de la tarjeta. La chica de recepción no preguntó nada, lo cual agradecí.
Por la tarde me moví hacia Savanorių prospektas sin propósito concreto, que es la forma honesta de decir que quería caminar por una calle larga donde no hubiera grupos de turistas mirando mapas en diagonal. El cielo estaba completamente cerrado, ese gris uniforme que no amenaza lluvia pero tampoco permite sombras, y los tejados rojizos del casco viejo quedaban al fondo como un elemento decorativo que uno ya no registra del todo después de varios días aquí. La catedral asomaba entre bloques más modernos, gris ella también, discreta de una forma que no sé si es intencional o simplemente el resultado de estar rodeada de tanto hormigón de los años setenta.
Entré en una panadería en Dariaus ir Girėno porque el olor llegó antes que el local. Compré dos bollos de amapola que estaban bien, no excepcionales como dice la tarjeta plastificada en el mostrador (hay una frase en lituano que el panadero nunca explica y que nadie pregunta). El café que pedí después llegó en un vaso de papel con una hoja de helecho dibujada en la espuma que se había partido por la mitad, lo cual convirtió el helecho en algo parecido a un pez. No dije nada porque tampoco tenía nada que decir.
Estuve sentado unos cuarenta minutos. La mesa tenía una cojera leve hacia la izquierda que no me molestó hasta que puse los codos encima. Vilnius a estas alturas ya no me sorprende ni de manera negativa; simplemente está ahí, con sus iglesias barrocas que aparecen donde no las esperas y sus farolas que se encienden antes de que oscurezca de verdad. Es una ciudad que funciona bien para quedarse quieto, lo cual puede ser un elogio o no, dependiendo del día.
El llavero no apareció. Lo di por terminado antes de volver al hostel, que es la única actitud razonable ante un llavero de plástico de tres euros. Hay cosas que no vale la pena rastrear y esta era claramente una de ellas.
Mañana salgo temprano, aunque a estas horas todavía no sé exactamente hacia dónde. Ya tengo hecha la mochila desde las seis de la tarde, lo cual es inusual en mí, pero el hostel cierra la cocina a las nueve y preferí tener las manos libres. Los tejados rojos desde la ventana del cuarto piso se ven exactamente igual que el primer día, lo cual tiene cierta lógica: los tejados no cambian, cambia la atención que les prestas. Esta noche ya no les presto ninguna.
Imprescindible en Vilnius, Lituania
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