La galería no tiene nombre visible desde la calle. Hay un número en la puerta, una pegatina medio despegada con un horario que no coincide con el que aparece en Google Maps, y un felpudo de goma con forma de pie que alguien puso ahí sin ninguna ironía aparente. Entré porque el día no daba para más: gris sin drama, frío suficiente para no quedarse quieto en exteriores pero no suficiente para justificar un café sentado de dos horas.

El espacio por dentro es más largo que ancho, con paredes desnudas, de hormigón visto manchado por el tiempo, y unos ventanales altos que filtran una luz bastante mediocre para lo que uno esperaría de un lugar que se presenta como galería de arte. Las obras en las paredes eran cuadros grandes, abstractos, con mucha materia: algunos en ocres y amarillos sucios que parecían papeles viejos arrugados y vueltos a aplastar contra el lienzo, otros en rojos oscuros, casi marrones, con zonas que se hundían como si la pintura se hubiera caído sola. El tipo de obra que sugiere que el autor leyó mucho sobre soledad pero quizá no la ha vivido del todo.

No me gustaron especialmente. Lo digo sin culpa: había uno en el fondo, grande, todo ocre, con una zona central donde la materia se acumulaba como un trozo de papel quemado y aplastado, que sí me pareció honesto. No sé por qué. Los demás me parecieron correctos de una manera que no termina de importar.

Había tres personas más en el espacio. Una pareja que caminaba muy junta, hablándose en voz baja sin mirarse, y una mujer joven, sola, que llevaba un abrigo azul demasiado grande y caminaba muy despacio, inclinándose hacia cada cuadro como si le hablara en voz baja. En algún momento pasó a mi lado, miró el mismo cuadro ocre, y dijo algo en lituano que no entendí. No era para mí, creo. O sí era para mí y tampoco importaba la respuesta. Asentí de todos modos.

Eso fue todo el encuentro. Nada más. Siguió hacia el fondo de la sala y yo me quedé un rato más frente al cuadro ocre, que a esas alturas ya me parecía menos interesante de lo que me había parecido al principio, que es algo que me pasa mucho con los cuadros cuando los miro demasiado tiempo.

La mujer del abrigo azul ya no estaba cuando me di la vuelta. La pareja tampoco. Salí.

Paneriu gatve no es una calle especialmente agradable a pie. Hay obras en un tramo, un camión de reparto parado en segunda fila con las luces de emergencia puestas, y la acera tiene esas baldosas sueltas que suenan a hueco cuando pisas encima. Anduve hasta una parada de autobús que no era exactamente la que buscaba pero servía igual.

Esta noche toca cenar algo sin pensar demasiado. Hay un sitio cerca del hotel que tiene en el escaparate una foto plastificada de una sopa con albóndigas que lleva ahí tanto tiempo que el sol la ha decolorado hasta hacerla casi naranja. Lo puse como posibilidad hace tres días y sigo sin entrar. Esta noche lo hago o no lo hago, y en ninguno de los dos casos será una decisión especialmente memorable.

El cuadro ocre me sigue en la cabeza, un poco. No de manera intensa. Como cuando una canción que no es tuya se te queda pegada sin que puedas explicarlo del todo.

Imprescindible en Vilnius, Lituania

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