«Eso no es lo mío», le dije al chico que dejó el plato sobre la mesa, pero él ya estaba dándose la vuelta con la atención puesta en otra mesa, indiferente con esa eficiencia particular que tienen los camareros de aquí cuando deciden no entender. El plato olía bien, un montículo de algo amarillo y compacto, como una polenta espesa, unos trozos de carne a la parrilla y una cucharada generosa de crema agria a un lado, y yo tenía el menú todavía en la mano señalando otra cosa, lo cual me pareció un argumento suficiente, aunque a nadie le importó.
Chisinau lleva pocas horas siendo mi ciudad. Vilnius quedó atrás esta mañana con su granito gris y sus calles de adoquín que empezaban a resultarme demasiado familiares, y aterricé aquí con una luz plana de media tarde, ese gris luminoso que tienen las ciudades de bloque soviético cuando el cielo está cubierto y los balcones de hormigón con manchas de humedad no terminan de proyectar sombra. La primera impresión desde el taxi fue el Bulevardul Dacia, una avenida ancha y un poco mustia, con árboles que todavía no han terminado de decidir si son urbanos o de descampado, y varios locales con letreros en cirílico que no entiendo y que tampoco voy a buscar en el móvil esta noche.
El problema no fue solo el plato equivocado. Cuando saqué la cartera para pagar el taxi descubrí que la funda de cuero marrón donde guardo los billetes no estaba. No el dinero del móvil, no la tarjeta, sino la funda entera con los billetes físicos que suelo llevar separados por precaución, una costumbre inútil que hoy demostró ser exactamente tan inútil como cualquier otra. Cuarenta euros en billetes pequeños y una nota con una dirección que ya no recuerdo para qué necesitaba. Probablemente se cayó en el vuelo, o quizás antes, en algún momento de esa confusión de maletas y bolsillos que no merece más análisis del que ya le he dado en el taxi mientras el conductor escuchaba radio con acordeón. Lo apunté como pendiente porque en algún momento tendré que calcular qué significa ese hueco.
Volví al plato. Lo probé porque tenía hambre y porque la alternativa era levantarme y explicar algo en un idioma que no domino, con el resultado incierto de ese esfuerzo ya dibujado de antemano en la cara del camarero. Estaba bueno. No bueno como cuando uno dice eso por cortesía, sino bueno de verdad, con esa contundencia un poco tosca que tiene la comida cuando no ha intentado ser otra cosa. La carne se deshacía sola, lo amarillo resultó ser una harina de maíz espesa que se comía con todo, y aquella crema agria que normalmente me parece un exceso blanco y ácido encima de las cosas, aquí ataba el plato de un modo que no sabría explicar. Me sorprendí de buen humor, con el tenedor en alto, casi riéndome solo de lo absurdo del asunto: el día entero torcido y resulta que lo mejor que me había pasado en horas era un plato que ni siquiera había pedido.
Afuera, por la ventana, la calle seguía con su ritmo indiferente: un hombre con bolsas de plástico cruzando despacio, un tranvía amarillo que pasó chirriando y se llevó por un momento toda la luz de la ventana, un Lada aparcado en doble fila sin que nadie protestara, una mujer mayor que barría la acera con una escoba de ramas atadas con alambre, el tipo de escoba que ya no se ve en ningún otro sitio. Me quedé mirando el plato vacío un momento más de lo necesario, con esa lentitud que aparece cuando uno lleva el día entero trasladando cosas de un sitio a otro y el cuerpo por fin tiene permiso de detenerse.
La funda no va a aparecer. Eso ya lo sé.
Imprescindible en Chisinau, Moldavia
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