El tiempo en Tallin es malísimo. Punto.

Los adoquines de Pikk están mojados desde la madrugada y la gente los sortea con ese paso raro, mitad caminar, mitad calcular dónde apoya el pie. El tranvía pasa al fondo con ese sonido metálico que tiene los tranvías viejos, un chirrido corto y luego nada, y la calle vuelve a su ritmo de siempre: turistas con paraguas plegados bajo el brazo, algún señor con bolsa de tela, una mujer con abrigo gris que no mira a nadie.

Llevaba un rato caminando sin rumbo concreto cuando vi el puesto. No es un mercado grande, sino una fila de mesas cerca de la muralla, con tarros, paquetes y botellas pequeñas de etiquetas imposibles. La vendedora era mayor, con el pelo recogido muy apretado, y no hablaba inglés o no quería hablarlo, que tampoco está claro. Me tendió un vasito de plástico sin preguntarme nada, como si fuera obvio que yo iba a querer lo que había dentro.

Lo olí primero. Algo herbal, un poco dulce, con un fondo que no supe identificar, algo parecido al anís pero no exactamente. Lo probé esperando que fuera de esas cosas que uno bebe por cortesía y hace el gesto de que está bien aunque no lo esté. No estaba bien: estaba notablemente bueno, con ese amargor final que hace que uno quiera otro sorbo para entenderlo mejor. Señalé la botella y ella dijo un nombre que sonaba a cuatro consonantes seguidas y ninguna vocal visible.

Saqué el teléfono para buscarlo y ahí fue cuando el sistema de datos dejó de funcionar. No de golpe, sino de esa manera progresiva y frustrante en que las barras van bajando hasta que la pantalla te muestra un círculo girando sin llegar a ningún lado. Intenté con la red del mercado, que existía según el teléfono pero no cargaba nada. La vendedora me miraba como quien ya ha visto a suficiente gente mirando su teléfono con cara de perplejidad para no tomárselo como algo personal. Al final apunté el nombre en fonético en el bloc de notas, compré la botella por ocho euros sin saber exactamente qué era, y el teléfono volvió a funcionar diez minutos después, ya lejos del puesto, cuando ya no servía de nada para eso.

Lo que encontré más tarde fue escaso y contradictorio: algo producido en pequeña escala, con hierbas que varían según quien lo hace, sin denominación fija ni distribución fuera de Estonia. Que no haya más información tampoco me parece mal. Es de las pocas cosas que uno compra aquí sin que haya una ficha de producto detrás.

La tarde fue tranquila. Los edificios de colores de Vanalinn tienen esa particularidad de que la pintura siempre parece un poco descascarada justo donde más se nota, no por abandono sino porque el frío de los inviernos aquí no perdona ninguna superficie. A uno de los locales de la calle le faltaba la manija de la puerta y habían puesto un cordón de plástico naranja en su lugar, atado a un gancho. Llevaba tiempo así, por cómo estaba el nudo.

La botella está en la mochila, envuelta en una camiseta. Todavía no sé pronunciar lo que hay escrito en el vasito de papel donde anoté el nombre.

Imprescindible en Tallin, Estonia

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