La saqué de la mochila por tercera vez esa mañana, la botella pequeña de licor que me había vendido la mujer del mercado dos días antes. Sin etiqueta en ningún idioma que yo reconociera, con un tapón de corcho que no cerraba del todo bien y un olor a hierbas que podría ser tomillo o podría ser algo que no quiero saber qué es. La había envuelto en una camiseta vieja para que no chocara con nada, pero igual la notaba ahí dentro, ocupando espacio.
La abrí en el cuarto antes de salir. No fue una decisión ceremoniosa. Simplemente quería saber qué era antes de llegar a Vilnius cargándola como si tuviera sentido. Olía fuerte, un poco dulce, con algo amargo al fondo que se quedaba en la nariz más de lo que debería. Le di un trago pequeño. Estaba bien. No extraordinario, no malo, simplemente bien, con una temperatura que no esperaba y un regusto que tardó unos treinta segundos en desaparecer. Suficiente. La dejé en la mesita de noche junto al vaso de agua y la llave de la habitación, y no la volví a meter en la mochila.
Tallinn a estas horas tiene muy poca gente en la calle. Bajé por Müürivahe con la mochila ajustada, sin pararme, porque cuando me paro a mirar esa calle siempre hay algo que me obliga a entrar a algún sitio y esta mañana no tenía tiempo ni ganas de comprar nada más. El adoquín mojado reflejaba la luz de las farolas que todavía no se habían apagado. Un hombre mayor barría la entrada de una tienda de souvenirs con una escoba que claramente no llegaba a las esquinas, y no levantó la vista en ningún momento.
El vuelo a Vilnius no es largo. Dos horas, quizás un poco menos. Lo que me preocupaba era la conexión en Riga, porque la vez anterior tuve que correr más de lo que me gustó para llegar a tiempo, y esta vez llevaba más equipaje. Pero salió bien. El segundo tramo fue tranquilo, sin turbulencias notables, con un señor al lado que dormía con la boca abierta desde el despegue.
Vilnius desde arriba parece más verde de lo que esperaba. Mucho árbol, mucho techo rojo, y el río Neris haciendo una curva que no había visto en los mapas porque los mapas siempre aplanan las cosas de forma que no ayuda a entenderlas. Llegué con suficiente tiempo como para no tener que correr hacia nada.
El barrio de Užupis me lo habían mencionado, aunque no con demasiado entusiasmo. «Es raro», me dijo alguien en Tallin, que no es exactamente una recomendación. Fui igual, cruzando el puente pequeño sobre el Vilnia, y sí, es raro en el sentido de que la gente que vive ahí parece haber acordado colectivamente no hacer demasiado ruido. Las calles son estrechas y hay murales en casi todas las paredes, algunos buenos y muchos mediocres, lo cual es bastante honesto para un barrio que se autoproclama república independiente. Me metí en el Špunka casi sin querer, porque la puerta estaba abierta y olía a madera y a algo frito que no identifiqué.
El interior era pequeño, con sillas que no hacen juego entre sí y una barra donde había dos personas hablando en lituano sin ninguna intención de bajar la voz. Pedí algo de comer sin mirar bien la carta y me trajeron una sopa que tenía remolacha y algo más, densa y oscura, que estaba considerablemente mejor de lo que su aspecto sugería. Comí despacio. Nadie me preguntó nada.
Guardé la mochila debajo de la silla con el pie apoyado en una de las correas, por costumbre.
Imprescindible en Vilnius, Lituania
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