Caminaba por Pikk cuando noté que algo me seguía a unos tres pasos de distancia, ni más ni menos, con la precisión casi irritante de alguien que conoce las reglas del juego. Un perro mediano, color caramelo quemado, sin collar, con una oreja más levantada que la otra y una cicatriz vieja en el hocico que le daba un aire de veterano sin mérito particular. No me miró esperando aprobación. Simplemente se puso a caminar a mi lado como si llevasen años acordado.
Lo ignoré durante dos manzanas. No funcionó.
El problema de fondo era que esa mañana el portal donde tenía que confirmar una reserva de alojamiento para los próximos días llevaba veinte minutos escupiéndome un error genérico, el tipo de mensaje burocrático que no te dice nada concreto: sesión caducada, intente de nuevo, botón que no responde. Actualicé la página seis veces. En la séptima, el formulario volvió al estado inicial como si nunca hubiese existido. No fue ninguna catástrofe. Fue exactamente ese tipo de contratiempo menor que consume media hora de la mañana y te deja con la sensación vaga de haber perdido algo que no sabes exactamente qué es.
Con ese humor mediocre en la cabeza y el perro todavía a tres pasos, acabé metiéndome en Kalamaja sin un plan concreto, que es la mejor forma de entrar en Kalamaja. El barrio tiene esa textura de ciudad que no ha decidido todavía qué quiere ser: casas de madera pintadas en verde oscuro y amarillo mostaza, alguna tapia con grafiti descuidado, un taller de bicicletas con la persiana a medias, una señora que salió de un portal y miró al perro antes que a mí, lo cual me pareció una reacción completamente razonable.
El perro se detuvo delante de una puerta metálica color verde botella antes de que yo la viera siquiera. No sé si fue instinto o costumbre, pero funcionó como señal. Entré.
El sitio era una especie de bar instalado en lo que debió ser una farmacia antigua, y no había hecho ningún esfuerzo por disimularlo: azulejos blancos con cenefa azul hasta media pared, una barra de zinc con los cantos algo abolladlos, tuberías de cobre que salían del techo y bajaban hasta no se sabe dónde, botellas de ámbar alineadas en estantes de madera sin ningún criterio aparente de orden, una lámpara industrial colgando demasiado baja en un extremo que obligaba a agachar la cabeza si uno era alto, cosa que yo soy, y un olor a madera húmeda mezclado con algo que podría ser anís o podría ser desinfectante, nunca quedó del todo claro. La camarera, de espaldas, movía algo en un vaso con la concentración silenciosa de quien prefiere no ser interrumpido. En uno de los taburetes había un hombre mirando el teléfono con la cara de quien no está leyendo nada, solo esperando que pase el tiempo. En el otro extremo de la barra, otro hombre con un café sin tocar.
Pedí lo mismo que no sé quién y me senté en el medio, lo cual, en retrospectiva, fue una elección extraña.
El perro no entró. Me esperó fuera, supuse, aunque cuando salí cuarenta minutos después ya no estaba. No me lo esperaba. La reserva seguía sin confirmarse, el portal seguía igual, y Kalamaja seguía teniendo ese aspecto de barrio que todavía no ha subido los precios del café lo suficiente como para perder el interés. Las tuberías de cobre del bar seguían bajando hacia ninguna parte.
Imprescindible en Tallin, Estonia
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