El pavimento de la calle Purje tiene esa humedad que no es lluvia sino acumulación, como si el asfalto y los adoquines guardaran agua de días anteriores y la fueran soltando despacio. Caminé hasta la cuenca náutica con el teléfono en el bolsillo porque quería ver el agua antes de mirar ninguna pantalla, y el agua estaba plana y gris, casi sin textura, con los mástiles quietos de los veleros amarrados haciendo un ruido mínimo cuando pasaba algo de brisa.

El perro no estaba. Ayer me había seguido desde la esquina de Kotzebue hasta casi la entrada del museo, sin correr, sin pedir nada, solo manteniendo una distancia de un metro y pico como si eso fuera un acuerdo. Esta mañana no había rastro. Busqué un momento, con poca convicción, y luego no busqué más.

Me senté en un banco frente a la dársena y abrí el portal de reservas por segunda vez del día. El mismo error de siempre: pantalla cargando, ícono girando, tiempo de espera, y luego un mensaje genérico que no explicaba nada. Llevaba dos días con eso, intentando confirmar el alojamiento en Kalamaja para la semana siguiente, y cada vez que creía que iba a resolverlo aparecía un nuevo obstáculo, ya fuera un timeout, ya fuera el formulario que no aceptaba mi tarjeta sin motivo aparente. Me había acostumbrado a la frustración de forma casi técnica, como cuando un instrumento no responde y uno prueba combinaciones sin enojo real.

El tranvía que tenía pensado tomar pasó exactamente mientras el portal me tiraba el error por tercera vez. No lo alcancé. No por nada dramático, sino porque estaba mirando la pantalla y no la parada, y cuando levanté la vista el vagón ya cerraba las puertas. Me quedé parado en la acera con el teléfono en la mano, y la persona que estaba a mi lado en la parada me miró de esa manera estoica que tienen los estonios cuando algo sale mal y no consideran que merezca comentario. Me pareció bien.

Volví a caminar hacia la cuenca. Hay algo en ese sector que no aparece en las guías: el olor a fibra de vidrio mojada que viene de los talleres junto al agua, mezclado con gasoil y algo vagamente vegetal que no supe identificar. Dos hombres trabajaban en el casco de un barco pequeño, de espaldas a la calle, con la concentración silenciosa de quien lleva horas en lo mismo. Uno de ellos tenía un termo de café apoyado sobre una caja y cada tanto tomaba un sorbo sin dejar de lijar.

Probé el portal de nuevo desde el banco, con wifi del café de la esquina que había tardado tres minutos en conectarse. Esta vez cargó. El proceso de confirmación fue absurdamente sencillo, dos clics y listo, como si los días anteriores no hubieran ocurrido. Guardé el correo de confirmación y cerré la aplicación sin celebrar nada.

En la foto que le saqué a una de las calles de madera cerca de allí salió una persona caminando con un perro, de espaldas, con la bicicleta de otra persona cruzando por el lado. No era el perro de ayer, probablemente. El cielo estaba igual de cerrado que por la mañana.

Me quedé un rato más sentado frente al agua, sin anotaciones, sin ningún plan concreto para la tarde. Los mástiles seguían quietos. El termo del hombre del barco estaba casi vacío.

Imprescindible en Tallin, Estonia

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