El musgo del muro tiene una textura rara, esponjosa en los bordes y casi seca en el centro, y sin saber bien por qué llevo un buen rato pasando el pulgar por ahí mientras miro los tejados rojos que se extienden hacia el mar. Estamos en Pirita, lejos ya de las callejuelas de piedra del casco viejo, y el monumento olímpico se levanta frente a la bahía con esa geometría de los años ochenta que no sabe si quiere ser funcional o solemne y termina no siendo del todo ninguna de las dos cosas.

No hay nadie. Bueno, casi. Hay un hombre mayor con una bolsa de plástico blanca atada al manillar de la bicicleta que para, mira el monumento unos cuatro segundos exactos, y sigue pedaleando sin bajar del sillín. Esa es toda la ceremonia que recibe la llama hoy.

El cielo está cerrado, de ese gris uniforme que en Estonia no es amenaza de lluvia sino simplemente el estado normal de las cosas, y la luz cae plana sobre los tejados sin producir sombras. Desde aquí arriba se ve bien la línea del horizonte y el puerto de vela, que en mayo parece a medio despertar: algunos mástiles, pocas lanchas en el agua, una grúa parada que no sé si está rota o simplemente sin trabajo. La bahía tiene ese silencio de infraestructura que descansa.

Estaba a punto de volver hacia el centro cuando apareció una mujer de unos cincuenta años con un perro de raza indefinida, color arena, y se quedó parada cerca del monumento mirando su teléfono. El perro se acercó a olfatear mi mochila con una determinación absoluta, como si supiera que ahí dentro había algo específico que necesitaba encontrar. «Ei, Paavo», dijo ella sin levantar la vista del teléfono. El perro se llamaba igual que un entrenador de atletismo finlandés, lo cual me pareció demasiado apropiado dado el contexto olímpico, pero no lo dije porque no había manera de explicarlo sin parecer raro. Ella alzó los ojos un momento, vio que el perro no me estaba molestando, y volvió a su pantalla. Eso fue todo.

Y sin embargo ese pequeño no-evento me sacó de donde estaba, que era ese estado medio automático de quedarse parado mirando algo sin verlo del todo, y de repente tuve la sensación de que debía hacer algo concreto: moverme hacia el casco viejo, buscar café, organizar el resto de la tarde con alguna lógica. La ciudad entera desde aquí parece tener un orden que desde dentro no se percibe, las torres de las iglesias alineadas de una manera que desde la distancia parece intencional aunque sé que no lo es.

No me moví.

Guardé el teléfono en el bolsillo exterior de la mochila, donde el perro Paavo había estado husmeando, y me apoyé un poco más sobre el muro. El musgo seco crujió levemente. Los tejados no cambiaron. El cielo siguió igual de cerrado. La mujer y el perro ya no estaban.

Imprescindible en Tallin, Estonia

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